La solución de Sánchez para Ceuta: la víctima es el Gobierno

Para saber cómo piensa salir Pedro Sánchez de uno de sus múltiples atascos, a menudo resulta más útil leer a determinados cronistas que el Boletín Oficial del Estado.

Algunos lo hacen con un extraordinario talento periodístico, como Enric Juliana. Otros, como Jordi Juan o Juan Carlos Merino, ponen sobre todo el oficio. Y Carlos E. Cué, en El País, practica con aplicación la auscultación de la Corte. No hace falta pensar en consignas. El poder proporciona el marco, fuentes y explicaciones; el cronista construye el relato. Leerlo permite saber por dónde intentará huir el Gobierno antes de que el Gobierno empiece a correr.

En el caso de Ceuta, la figura escogida es una de las más rentables de la narrativa contemporánea: la víctima. Pero la víctima principal no es la población ceutina, ni los inmigrantes abandonados en las calles, ni los menores, ni las mujeres y niñas expuestas a todo tipo de peligros. La víctima es el Gobierno español. Sánchez y sus ministros sufren mucho. Sobre todo, sufren las consecuencias de lo que no han hecho.

La primera palabra de este relato es complejidad . Todo es muy complejo. Lo es tanto que, tras la entrada de unas 80.000 personas y la salida posterior de unas 70.000, todavía no existe una cifra oficial fiable de las personas que permanecen en la ciudad. Las estimaciones oscilan entre 5.000 y 10.000. La complejidad es una palabra excelente: explica muchas cosas sin obligar a explicar ninguna.

La segunda coartada es que el Gobierno de Ceuta y los vecinos han puesto dificultades para localizar los campamentos. Cierto que ha habido resistencias. Los ciudadanos temen que lo que se presenta como provisional acabe adquiriendo la sólida permanencia de todas las provisionalidades españolas. Pero también es cierto que el Estado dispone de instalaciones propias en una ciudad fuertemente militarizada y que tardó muchos días en activarlas. Los primeros días se limitó a esperar a que los inmigrantes volvieran a Marruecos. Esperar es una política pública muy económica. El problema es que no suele dar resultados.

También es culpable Juan Jesús Vivas, presidente de Ceuta desde 2001 y hombre habitualmente moderado. Su frase terrible ha sido: «El Gobierno ha abandonado Ceuta». Los relatores de la Moncloa han descrito estas palabras como un ataque “a mata-degüello”. Considerando el vocabulario que socialistas y populares utilizan a diario, la frase de Vivas parece casi una delicadeza de sacristía.

Son igualmente culpables los inmigrantes, porque desconfían de las autoridades, abandonan los campamentos y vuelven a las calles. Temen que identificarse facilite la expulsión y no el traslado a la península. Y es culpable el PP, porque rechaza ese traslado.

Ahora bien, Bruselas también ha reclamado el regreso de quienes entraron irregularmente y la Unión Europea ha ofrecido la ayuda de Frontex, que Interior ha rechazado dos veces. Pero Europa queda más lejos y resulta menos cómodo culparla. Sin embargo, también se puede hacer, y en especial a Meloni y a la cofrade socialista danesa, la primera ministra Mette Frederiksen, aliada de Meloni. 

El único actor que nunca aparece en el banquillo es Marruecos. El país que permitió que decenas de miles de personas atravesaran la frontera es presentado por Elma Saiz como un «socio fiable» que «no es una amenaza para Ceuta ni para España».

La responsabilidad sería de las redes sociales, de Trump, de Musk y de la «internacional ultraderechista», que querría destruir a Sánchez porque, junto a Lula, son los «últimos grandes baluartes mundiales» (sic; Carlos E. Cué) que le plantan cara.

Una vez más vuelve la visión tan clásica del «Faro de Occidente», de la «Luz de El Pardo», de la última reserva moral de Occidente. Solo que ahora se declina en versión progre.

Mientras, la realidad conserva su desagradable manía de existir. Cruz Roja reparte hasta 4.000 lotes alimenticios diarios, insuficientes para atender a todas las personas dispersas. Los dos centros habilitados acogen a unas 1.800 personas, con pulseras identificativas y libertad de movimiento.

En los barrios del Príncipe y Sidi Embarek, los propios vecinos han improvisado refugios para proteger a cientos de mujeres y niñas, a menudo con colchones, comida y recursos pagados de su bolsillo. El Gobierno habla mucho de los derechos humanos. Los vecinos, más rudimentarios, los practican.

Los ministros aseguraron que nadie sería trasladado a la Península. Pocos días después, el Gobierno anunció el traslado de 500 menores. No es que se contradigan: proclaman cada día la verdad que conviene ese día.

Por último, veintidós días después de la entrada masiva, Sánchez designó a Ángel Víctor Torres coordinador de los ministerios implicados. Curiosamente, la ministra de Migraciones no coordinará la crisis migratoria. Quizás esto también forma parte de la complejidad.

La guinda la ha puesto Sanidad, competencia directa del Estado en Ceuta. Casi un mes después, una delegación visitará la ciudad para evaluar el hospital y la atención primaria. Y, para obtener vacunas contra la triple vírica, la varicela, la poliomielitis, el tétanos o la difteria, el Ministerio ha apelado a la «solidaridad» de las comunidades autónomas.

Después de la COVID, se podía imaginar que el Estado dispondría de una reserva sanitaria de emergencia. Vana ilusión. El Estado no tiene stock para afrontar situaciones de emergencia y debe mendigar a las autonomías sus recursos. ¿Pero qué tipo de protección y garantía sanitaria es esta?

Cuando existe una catástrofe de grandes dimensiones en una Ceuta pequeña a escala española, ¿cómo es posible que no existan recursos inmediatamente disponibles?

Este es, en definitiva, el relato: son culpables Ceuta, Vivas, los vecinos, los inmigrantes, el PP, Trump, Musk, las redes sociales, Meloni, la primera ministra danesa y, sí señor, buena parte de Europa. Marruecos, sin embargo, es un colaborador ejemplar.

Y el Gobierno, la gran víctima.

Cuando todo el mundo es culpable, nadie es responsable. Y cuando el Gobierno se presenta como la víctima, los ciudadanos acaban convertidos en un estorbo.

La complejidad es una palabra excelente: permite explicar muchas cosas sin tener que explicar ninguna. Así justifica el Gobierno casi un mes de improvisación en Ceuta. #Ceuta #Inmigración Compartir en X

Entrades relacionades

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.