Hay cambios políticos que primero se detectan en los parlamentos, en las encuestas o en las urnas. Pero los más profundos suelen anunciarse antes en la calle. En las conversaciones, en las costumbres, en las maneras de celebrar, en los símbolos que la gente exhibe sin pensar demasiado. La vida cotidiana es una magnífica fuente de información sobre las transformaciones de una sociedad, aunque sea una mala analista de sus causas.
Ahora bien, también es fácil equivocarse. Los fenómenos visibles pueden ser una ola pasajera o la expresión de un cambio estructural. El problema es que solo el tiempo permite distinguirlos.
El ejemplo paradigmático fue el movimiento del 15-M. Las acampadas de la Puerta del Sol, el cerco del Parlament de Catalunya —con un presidente de la Generalitat obligado a llegar en helicóptero— parecían anunciar una mutación definitiva del sistema político español. En parte fue así, porque de aquella protesta surgió Podemos. Pero la rapidez de su ascenso fue casi igual que la de su finiquito político. La calle había detectado un malestar real, pero ese vehículo político resultó mucho más frágil de lo que parecía.
En otras ocasiones, en cambio, los pequeños gestos revelan transformaciones mucho más sólidas. Y hoy Catalunya ofrece un ejemplo bien visible.
Durante esta Copa del Mundo de fútbol, las calles catalanas se han llenado de camisetas de la selección española. Muchas. Mucho más que en cualquier otro momento anterior. No solo en los días de partido. También en la vida cotidiana. Las celebraciones de los triunfos han sido ruidosas, espontáneas y compartidas. La adhesión a La Roja se ha manifestado con una naturalidad que habría sido difícil de imaginar hace quince o veinte años.
Cuando España ganó el Mundial del 2010, lucir la camiseta de la selección tenía todavía una carga política evidente en Catalunya. No era solo fútbol. Era una forma de proclamar una determinada identidad nacional. Quienes la llevaban eran, en gran parte, personas que se sentían ante todo españolas. Las concentraciones numerosas existían, cierto, pero eran más reducidas y concentradas; su significado trascendía claramente el ámbito deportivo.
Nada de esto parece suceder hoy.
La mayoría de quienes visten la camiseta española no están haciendo ninguna declaración política consciente. Sencillamente, animan a su equipo. Exactamente igual que lo haría cualquier italiano con la azzurra o cualquier francés con los Bleus. El símbolo se ha normalizado.
Y esto es precisamente el cambio.
Naturalmente, los logros deportivos siempre atraen adhesiones. Es mucho más fácil sumarse a los vencedores que a los derrotados. Pero esa explicación es insuficiente. Si solo fuera una cuestión de victorias, no contaríamos la diferencia tan notable con otras épocas también exitosas de la selección española.
Existen factores más profundos.
Uno de los más importantes es el fuerte crecimiento de la inmigración hispanoamericana. Muchos de sus miembros, y sobre todo sus hijos, han incorporado a la selección española como un elemento natural de su identidad cívica. Pero tampoco esta es toda la explicación.
También significa que una parte muy importante de la sociedad catalana ha integrado como propio uno de los grandes símbolos compartidos de la identidad española. Sin conflicto. Sin necesidad de justificarse. Sin sentir que participa en una batalla política.
En principio, esto es una buena noticia.
Una sociedad en la que los símbolos compartidos dejan de ser motivo de enfrentamiento es una sociedad más normal. Y Catalunya necesita más normalidad.
Pero toda normalidad puede utilizarse políticamente.
Este es el verdadero interrogante.
Porque una cosa es compartir con naturalidad los logros de la selección española y otra, muy distinta, es convertir esa normalidad en un instrumento para diluir la personalidad propia de Catalunya, su lengua, su cultura, su derecho civil o sus tradiciones.
Hay un ejemplo que resume perfectamente ese riesgo.
Quienes se oponen al catalán como lengua vehicular en la escuela invocan constantemente el bilingüismo. Si realmente defendieran el bilingüismo, su posición sería impecable: todo el mundo que vive en Catalunya debería conocer correctamente las dos lenguas oficiales. Esta es la única manera conocida de ser realmente bilingüe.
Pero demasiado a menudo no es esto lo que quieren decir.
Lo que reclaman es otra cosa: que los catalanohablantes hablen castellano siempre que sea necesario, mientras que quien sólo sabe castellano pueda exigir permanentemente que se le hable en esta lengua porque no entiende el catalán. El resultado es paradójico. Los bilingües efectivos siguen siendo, en su mayoría, los catalanohablantes, mientras que muchos castellanohablantes permanecen monolingües. Lo justifican con argumentos tan conocidos como: «porque esto es España», «solo tengo obligación de conocer el español» o «no necesito para nada el catalán».
Este no es el bilingüismo. Es la asimetría, y es el riesgo de liquidación de Catalunya.
Por eso conviene celebrar sin complejos los logros de la selección española y su normalización en las calles de Catalunya. Pero, exactamente con la misma naturalidad, es necesario celebrar, proteger y reforzar la nacionalidad —constitucionalmente reconocida— de Catalunya, su lengua, su cultura, su derecho civil, sus tradiciones y sus costumbres.
Por último, hay una reflexión que los partidos independentistas deberían hacer sin autoengaños.
Hoy aparecen más divididos que nunca mientras disminuye el soporte social a la independencia. Buena parte de la debilidad actual del catalanismo es también responsabilidad suya. No supieron convertir la independencia en un mito sacrificial ni en un horizonte de sentido suficientemente sólido, capaz de resistir a las dificultades. Sacrificaron el objetivo a las luchas internas, a los personalismos y a las estrategias de partido.
Y, por el camino, no solo han debilitado al independentismo. También han contribuido, involuntariamente, a erosionar una parte importante del catalanismo que durante décadas había sido el gran espacio compartido del país.
La camiseta de la selección española ya no es en Catalunya una declaración política. Para muchos es simplemente su equipo. Compartir en X





