Hay momentos en la vida política de un país en los que los síntomas hablan con más claridad que los diagnósticos oficiales. El ascenso simultáneo de Vox y Aliança Catalana en Cataluña es uno de esos momentos.
Con diferencias evidentes e identidades nacionales opuestas, ambos partidos comparten, sin embargo, un mismo significado profundo: no son una solución política, sino la señal inequívoca de una crisis sistémica que atraviesa la sociedad, las instituciones y la cultura política contemporánea.
La diferencia fundamental entre Vox y Aliança Catalana es bien conocida.
Vox es un partido nacionalista español de raíz liberal-centralista, heredero de una tradición que se remonta al Estado provincial diseñado por las Cortes de Cádiz del siglo XIX, con la voluntad explícita de suprimir las autonomías. Una realidad que ha arraigado con relativa facilidad en España, más allá de realidades como la catalana o la vasca, donde el autogobierno forma parte del núcleo identitario y político.
Aliança Catalana, por el contrario, se define como independentista catalana —al menos así lo proclama— y juega en un terreno simbólico opuesto. Pero, una vez establecida esta diferencia axial, las semejanzas son notables, y no anecdóticas.
El radicalismo en las formas como estilo y como ideología
Ambos partidos comparten una dinámica electoral al alza, alimentada por la frustración social y por la percepción —totalmente fundada— de que los partidos tradicionales han dejado de dar respuestas convincentes. Comparten también una obsesión política con la inmigración, tratada no como un fenómeno complejo que exige gestión, integración y límites racionales, sino como un enemigo casi ontológico.
Su retórica se caracteriza por la descalificación sistemática del adversario, por una actitud de confrontación permanente y por una clara sensación de supremacía moral: los otros no solo discrepan, sino que son inferiores. En este punto, Vox y Aliança Catalana funcionan como correlatos —con lenguajes distintos— de la extrema izquierda, de los Comuns, Podemos, Sumar y vete a saber cuántas más extrema derecha cultural, para quienes el respeto al otro deja de ser una condición democrática básica.
Está claro que los “grandes partidos” también han asumido este vicio capital que está desmenuzando el sistema político, porque sin la aceptación de que el otro es a la vez oposición y alternativa, la democracia se esfuma.
Esto no es una cuestión menor de formas. En política, las formas son contenidos. La democracia solo existe si el otro es reconocido como interlocutor legítimo. Cuando esta premisa cae, el sistema entra en fase de riesgo.
Apocalípticos o integrados
Las fuerzas políticas mayoritarias tampoco son inocentes en este proceso. Ante la emergencia de estos partidos, han optado a menudo por la descalificación absoluta y el aislamiento, reviviendo aquella vieja dicotomía formulada por Umberto Eco: apocalípticos o integrados. La opción dominante ha sido el apocalipsis. Y esto, lejos de neutralizar el fenómeno, lo ha reforzado.
Porque Vox y Aliança Catalana no nacen de la nada. Son la reacción a un malestar profundo: inseguridad económica, crisis de la vivienda, presión sobre los servicios públicos, sensación de pérdida de control colectivo, desconfianza hacia una partitocracia percibida como endogámica y autorreferencial.
Programas inviables, pero emocionalmente eficaces
Cuando se analizan sus programas con una mínima exigencia racional, aparece el vacío. Vox no dispone ni de las mayorías sociales ni de los apoyos parlamentarios necesarios para revertir el Estado autonómico, un modelo que la inmensa mayoría de ciudadanos considera positivo, pese a sus disfunciones. Su propuesta central es, sencillamente, inviable.
Lo mismo ocurre con las posiciones extremas en materia migratoria, tanto de Vox como de Aliança Catalana. La expulsión masiva de inmigrantes ya presentes es jurídicamente imposible y políticamente irrealizable. Los Estados de origen no los aceptarían, los marcos legales lo impiden y los costes sociales serían devastadores.
El problema real no es este, sino otro: la incapacidad de los gobiernos —especialmente el de Pedro Sánchez— para ordenar los flujos migratorios, limitar una entrada desmesurada y garantizar una integración efectiva. Este fracaso tiene efectos reales: presión sobre los salarios bajos, sobre la vivienda, sobre la escuela, la sanidad y la cohesión cultural.
Limitar con criterio e integrar con ambición sería una respuesta razonable. Pero no es eso lo que proponen estos partidos.
La fiebre como señal de alerta
Por eso Vox y Aliança Catalana no forman parte de la solución. Pero sí son un síntoma necesario. Como la fiebre en una enfermedad, indican que algo no funciona. Sin esta reacción, la infección avanzaría en silencio hasta fases mucho más graves.
Actúan como una alarma de emergencia: alertan de una crisis profunda de nuestra sociedad, de las instituciones, de la cultura política y del sistema de representación. Ignorar la señal o limitarse a insultarla es una irresponsabilidad.
No hay solución en Vox ni en Aliança Catalana. Pero hay un problema real que exige respuesta. Y esta respuesta no vendrá de la reacción visceral, sino de la regeneración democrática a partir de la ciudadanía organizada al margen de la partitocracia. Empecemos, al menos, por arreglar nuestra propia casa.
Si estás interesado en construir respuestas viables, participa en la I Conferencia Cívica para la Regeneración Política que organiza Converses a Catalunya junto con la Fundación para el Desarrollo Humano y Social y que tendrá lugar en Barcelona, el sábado 14 de febrero por la mañana.
Si quieres participar o recibir más información sobre la I Conferencia Cívica para la Regeneración Política, puedes dirigirte al correo de contacto: info@fundsocial.org
Vox y Aliança Catalana no son la causa del problema: son la fiebre que revela una crisis sistémica profunda. #VOX #AliançaCatalana Compartir en X






