El presidente Donald Trump es histriónico, desacomplejadamente orgulloso y ajeno al código de las formas políticas convencionales. Sus modos incomodan, a menudo disgustan profundamente, y algunas de las consecuencias de sus políticas —especialmente en inmigración— pueden parecer injustas o excesivas. Pero reducir Trump al gesto, al tuit o al exabrupto es un error de análisis de primer orden. Porque, detrás del personaje, hay un programa. Y este programa no comienza ni acaba con él.
Los medios de comunicación dominantes han jugado -y juegan- un papel central en esta confusión. Demonizan sistemáticamente a cualquier actor que cuestione la hegemonía liberal-socialdemócrata de matriz woke, mientras santifican a sus referentes. Ya ocurrió con Ronald Reagan, caricaturizado como un peligro reaccionario, y con Barack Obama, elevado a presidente prototípico de una “Gran Alianza” liberal que, con el tiempo, ha revelado sus límites. Aquel fue, en muchos sentidos, el canto del cisne de una ideología que ha conducido a Occidente a la desorientación cultural, a la fragmentación social y, para una parte creciente de la población, a la marginalidad o la pobreza.
Trump, con todas sus vueltas, no actúa de forma ligera. Sigue —con estilo propio— un diagnóstico compartido por una corriente intelectual robusta del conservadurismo norteamericano contemporáneo: el nuevo conservadurismo postliberal . Una corriente que tiene en la Heritage Foundation su gran laboratorio de ideas, y en Kevin D. Roberts uno de sus divulgadores más influyentes. El documento que lo sintetiza es conocido como Project 2025.
El diagnóstico es contundente: el orden liberal-progresista surgido después de la Guerra Fría está agotado. Incapaz de sostener sociedades cohesionadas, libres y prósperas, ha degenerado en un procedimentalismo vacío de valores, capturado por burocracias no electas y por una cultura que erosiona los fundamentos morales comunes. La propuesta no es una reforma administrativa menor, sino una revolución institucional orientada a inaugurar un “Tiempo Nuevo”: soberanía nacional, comunidades vivas, familia fuerte y un Estado orientado al bien común, no a una neutralidad ideológica ficticia.
El primer eje es el desmantelamiento del Estado profundo. Roberts sostiene que la burocracia federal se ha convertido en un cuarto poder que bloquea la voluntad popular. De ahí la propuesta de reclasificar a miles de funcionarios para que respondan directamente al Ejecutivo y de reducir o eliminar agencias como el Departamento de Educación, devolviendo competencias a los estados y a los padres.
El segundo eje es la defensa de la vida y la familia como núcleo moral de la nación. Sin familia estable no existe comunidad ni futuro. Esto se traduce en políticas provida, incentivos fiscales al matrimonio y la natalidad, y una protección clara de la infancia: fuera de ideologías de género de las escuelas y límites nítidos en el deporte femenino.
El tercer eje es la soberanía nacional. Rechazo del globalismo que diluye la responsabilidad democrática, control efectivo de fronteras, políticas de inmigración estrictas y apuesta por la independencia energética, incluida la explotación de combustibles fósiles frente a agendas climáticas impuestas desde fuera.
El cuarto eje es la educación y la libertad de elección. El dinero público debe seguir al estudiante, no la institución: vales educativos, apoyo a escuelas privadas y religiosas, y un currículum patriótico centrado en la historia occidental, sin ingeniería ideológica como la Teoría Crítica de la Raza.
Todo ello configura una política orientada al bien común, que rechaza el liberalismo procedimental; una reconstrucción de la familia con políticas fiscales, educativas y laborales favorables a la crianza; una batalla cultural sin complejos para recuperar educación, universidades, medios y cultura popular; una reforma profunda del Estado para limitar el activismo judicial y las burocracias no electas; y una alianza entre conservadurismo y clase trabajadora, superando el viejo conservadurismo puramente empresarial.
Este movimiento es postliberal, no quiere volver al liberalismo clásico, sino superarlo; es comunitarista, porque la persona florece en comunidades fuertes; es cultural antes que económico; y tiene una inspiración cristiana formulada en clave cívica.
Pensar que todo esto depende exclusivamente de Trump es equivocarse. Hay matices relevantes —no es lo mismo JD Vance que Marco Rubio—, pero el denominador común para construir este “Tiempo Nuevo” permanecerá. El Partido Demócrata lo sabe. Otra cuestión es si los sucesores tendrán el carisma electoral de Trump. Pero esto ya es, ciertamente, otra historia.
Pensar que todo termina con Trump es no haber entendido nada. #NuevoConservadurismo Compartir en X






