Donald Trump es, quizá, el personaje político más fácil de detestar de nuestro tiempo. Sus ademanes histriónicos, su inclinación a la desmesura verbal, la brusquedad con la que a menudo reduce la complejidad humana a una consigna y una forma de hablar que parece contradecirse mientras en realidad tantea varios niveles de negociación al mismo tiempo, lo convierten en un blanco perfecto. No ya de la crítica, que es legítima, sino de una pasión negativa más profunda: el rechazo moral convertido en odio político.
Pero el juicio sobre un gobernante no puede agotarse en la psicología de sus gestos. Debe elevarse al terreno de las categorías históricas y políticas. Y, desde Europa, la cuestión decisiva no es si Trump gusta o disgusta, sino qué revela sobre nosotros mismos.
Lo primero que revela es una profunda inconsistencia europea. Muchos de quienes hoy añoran el viejo orden internacional olvidan que durante décadas denunciaron precisamente ese mismo sistema por estar diseñado en favor de Estados Unidos. Entonces era, decían, la expresión de un imperialismo arrogante. Ahora que sus reglas se fracturan, se lamentan como si se hubiera perdido una edad de oro. La contradicción no es menor: lo que en realidad late en buena parte de esa crítica no es una preocupación por el orden, sino una vieja incomodidad con Occidente, entendido como la síntesis histórica de Estados Unidos, su civilización política, su sistema de libertades y su modo de vida.
Ese mundo es imperfecto, como toda obra humana. Pero contiene virtudes que Europa ha ido perdiendo: energía histórica, conciencia de poder, voluntad de defensa y una relación menos culpabilizada con su propia tradición.
Nada obligaba a que la relación entre Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN permaneciera congelada en las condiciones de la Guerra Fría. Aquella arquitectura respondía a una amenaza existencial: la URSS, su poder nuclear y su vocación expansiva. Pretender que, desaparecido aquel escenario, Washington debía seguir sosteniendo indefinidamente la seguridad europea en idénticos términos era, como mínimo, una ficción confortable.
Trump ha hecho estallar esa ficción. Y, por incómodo que resulte admitirlo, en este punto su lógica es difícilmente refutable. El inmenso gasto militar estadounidense dedicado a la protección de Europa perdió parte de su sentido hace tiempo. Lo que ha resultado patológico no ha sido el repliegue norteamericano, sino la negativa europea a asumir durante años una evidencia estratégica elemental: la defensa propia no puede externalizarse eternamente.
Lo mismo ocurre con la economía. Tampoco estaba escrito que Estados Unidos pudiera perpetuar sin límite una dinámica de endeudamiento creciente, importando mucho más de lo que exporta y financiando el desequilibrio gracias al privilegio del dólar como moneda de reserva global. Ese mecanismo tenía un límite estructural. Todo indica que hemos llegado a él.
Que Trump haya optado por corregirlo mediante aranceles puede discutirse en sus efectos, pero no en su legitimidad política desde la lógica de su interés nacional. Que perjudique a Europa no elimina su racionalidad. Al contrario, obliga a Europa a preguntarse por qué no ha hecho sus deberes productivos, energéticos e industriales mientras China consolidaba un dominio estratégico sobre cadenas críticas, minerales esenciales y sectores básicos para la electrificación.
El problema no es Trump. El problema es la molicie europea, esa cultura política que ha confundido comodidad con estabilidad y dependencia con virtud.
Por eso quienes presentan a Trump como una mera improvisación cometen un error de diagnóstico. Su estilo puede ser contingente, incluso teatral. Pero las líneas de fuerza que expresa no lo son. Responden a una reorientación profunda de Washington: menos universalismo moral, más interés nacional; menos tutela gratuita, más reciprocidad; menos globalización ingenua, más competencia estratégica, menos feminismo de género y LGBTIQ, más valores conservadores y más familia.
Estamos entrando en una nueva era y Trump ha sido, nos guste o no, uno de sus grandes aceleradores.
Hay además logros que la narrativa dominante minimiza. La presión ejercida sobre las dictaduras cubana y venezolana, con efectos de desgaste interno y erosión real de sus estructuras de control, marcó un punto de inflexión que otras administraciones no alcanzaron. No significa una democratización consumada, pero sí la ruptura de inercias que parecían intocables.
Tampoco es menor el impulso dado a la nueva expansión espacial de largo alcance, con el retorno de la ambición lunar y la reapertura del horizonte estratégico extraterrestre. El vuelo a la luna no ha surgido con Trump, pero se ha realizado en su mandato. Y es un hecho histórico. No se trata solo de prestigio tecnológico. Hay en ello algo profundamente civilizatorio: ofrecer a la humanidad un proyecto convergente, una empresa común capaz de desplazar la lógica de la guerra como motor exclusivo de innovación.
La cuestión iraní resume mejor que ninguna otra la insuficiencia moral e intelectual europea. La guerra preventiva o sorpresiva debe ser juzgada con severidad, y una agresión no deja de serlo por quien la protagonice. Pero sería un error infantil transformar automáticamente a Irán en víctima inocente y a Estados Unidos en encarnación del mal.
La pregunta verdaderamente seria es otra: ¿cómo hemos permitido durante décadas que Teherán, a costa del empobrecimiento de su pueblo, construyera una formidable arquitectura de agresión regional? Su programa de misiles, su insistencia nuclear, la proyección sobre Irak, el sostén de Hamás, Hezbollah y los hutíes no eran movimientos defensivos. Respondían a un propósito estratégico inequívoco.
Europa, que vive mucho más cerca de esa amenaza que Washington, prefirió durante demasiado tiempo la retórica diplomática a la lectura realista del poder.
Ahora el riesgo es evidente: una crisis energética que derive en un episodio de estanflación comparable a los choques petroleros de los años setenta. Sería devastador para el continente. Pero incluso en ese escenario, la responsabilidad principal no recaería solo en Trump, sino en unas élites europeas incapaces de actuar según nuestros intereses materiales más elementales. En definitiva, no es EUA quien depende del petróleo y el gas de los países del Golfo.
Criticar a Trump puede ser intelectualmente cómodo. Sustituir con esa crítica la política necesaria es, en cambio, una forma de suicidio estratégico.
Si de este proceso emerge una retirada formal o informal de la protección estadounidense sobre Europa, la catástrofe no será el resultado de la lógica norteamericana, sino de nuestra renuncia prolongada a pensar como civilización con intereses propios.
Havel habría reconocido aquí la esencia del problema: el poder no se pierde primero por la fuerza externa, sino por la mentira interior que impide llamar a las cosas por su nombre. Europa corre hoy ese riesgo. No el de Trump, sino el de seguir escondiéndose detrás de él para no afrontar su propia decadencia.
La OTAN no podía seguir eternamente bajo la lógica de 1949. Europa debió preverlo. #Defensa #OTAN #UE Compartir en X





