Los engaños explican la política catalana

Engañar es la acción de inducir a error a otra persona. Para que exista engaño, normalmente se requieren dos elementos: la falta de verdad y la intención. Por lo general, implica la voluntad consciente de manipular la percepción del otro.

El engaño puede manifestarse de diversas formas y en diferentes ámbitos:

La Mentira: decir directamente lo contrario de la verdad o inventar hechos.

La Omisión: callar información relevante que, si la otra persona supiera, cambiaría su decisión u opinión.

La Simulación o Disfraz: aparentar ser lo que no se es (comportamiento, apariencia física, documentos falsos).

La Media Verdad: utilizar una parte de la verdad para dar credibilidad a una conclusión falsa.

Pues bien, hay una constante que atraviesa la política catalana como un hilo invisible, pero robusto, de aquellos que, cuando finalmente los ves, hace años que te aprietan la muñeca: el engaño como sistema. Una pedagogía del espejismo, una forma de administrar ilusiones mientras se cultiva, con paciencia de monje, la resignación colectiva. Todo esto se ha hecho tan habitual que ya forma parte del paisaje emocional del país, como la niebla de invierno en la llanura o la arena que el viento levanta en las ramblas.

Financiación singular

¿La prueba? No hace falta remontarse muy lejos. Basta con evocar esa financiación “específica, bilateral, singular e irrepetible” que debía ser la condición sine qua non para que Esquerra Republicana entregara el gobierno al PSC. Un pacto presentado como obra maestra del tacticismo, como la nueva arquitectura fiscal del país. Y, sin embargo, como tantas veces, la solemnidad de los discursos ha terminado convirtiéndose en una estampa melancólica.

El tiempo ha pasado, las promesas se han desvanecido y lo que queda es exactamente lo que desde converses se había advertido con insistencia: la supuesta financiación diferenciada no era más que una versión tuneada de lo que ya existe. Un poco de barniz, un par de palabras nuevas, un rebeco por aquí y la montaña de lavanda por allá… pero la misma estructura de siempre.

¿El resultado final? Ninguna recaudación propia, ninguna soberanía fiscal, ninguna cesión integral de impuestos con cuota correspondiente al gobierno español. Ningún “modelo vasco”, ni de lejos. Cataluña continuará dentro del régimen común, y lo que llegará -si llega- será una inyección de recursos general para todas las comunidades, con nuestra parte proporcional.

La propia consellera de Economia ha dicho que el cálculo oscilaría entre 3.700 y 5.000 millones. Y eso dentro de un paquete estatal de unos 20.000 millones. La regla de tres no miente: es la proporción actual “grosso modo” La comisión de expertos destinada a repensar el modelo –más de un año trabajando– no ha emitido ni un suspiro. Martí Carnicer, coordinador, ha sido más silencioso que una biblioteca monástica después de completas. Todo ello indica que no hay más que la intención de querer hacer creer lo contrario.

Es la antigua técnica: promover una ficción, amplificarla con fuegos artificiales y esperar a que la gente, cansada y necesitada de esperanza, crea.

Pero la financiación no es el único espejismo.

Ley de la vivienda

Segundo caso: la ley de la vivienda. Un relato de triunfo que, cuando rascas un poco, desprende polvo de escombros. Nos han dicho y repetido que los precios se han contenido, que va mejorando, que el mercado del alquiler respira. Pero lo que no se dice es lo que cualquier ciudadano puede comprobar en dos minutos, que los pisos han desaparecido de los portales.

No hay. Literalmente.

Las inmobiliarias —algunas lo reconocen con discreción de monaguillo— ya solo publican uno de cada cinco pisos. El resto vuela sin siquiera asomarse a internet. ¿Por qué? Porque la demanda es tan abrumadora que no hace falta anunciarlos. Basta con levantar el dedo. Y entonces se produce el fenómeno más triste de esta década: los jóvenes convertidos en aspirantes que llevan un dosier vital para demostrar que son los inquilinos perfectos, exhibiendo nóminas, avales paternos y, si fuera necesario, la carta de recomendación de la maestra de tercero de primaria.

Es la realidad: un mercado exhausto, ahogado, desequilibrado, que nadie ha querido explicar por completo por qué la ley debía ser la gran bandera de la “solución”. Otro relato construido de arriba abajo, mientras la vida en el suelo se hacía cada vez más estrecha y más cara.

Ley de medidas urgentes para hacer frente al sinhogarismo

Y llegamos al tercer capítulo, el más oscuro, quizás porque su magnitud moral supera su visibilidad mediática. La ley de medidas urgentes para hacer frente al sinhogarismo, presentada el 25 de enero de 2022, y que, tres años y medio después, sigue atascada en algún pasillo del Parlamento, como un cadáver administrativo que nadie se atreve a enterrar.

La ley venía avalada por cinco grandes entidades sociales y siete grupos parlamentarios. Era un proyecto consensuado, sencillo, acuciante, humanamente imprescindible. Y, sin embargo, ha quedado como una pieza de museo. Las promesas de gobernantes —algunas reiteradas, incluso por el propio Illa— no han servido para desatascarla. Siempre «a punto», siempre «inminente», siempre «resuelta»… pero nunca aprobada.

Y cuando, finalmente, llegue, será necesario otro milagro: el presupuesto. Porque sin dinero, la ley será solo un texto bienintencionado, una declaración solemne sobre el papel mientras miles de personas duermen a la intemperie como si fuéramos un país que todavía no ha descubierto el siglo XXI.

Aquí el engaño adquiere una dimensión moral: hacer creer que la solución es inminente mientras se deja pasar el tiempo, sabiendo que el tiempo, en este caso, mata.

Todo forma parte de un mismo mecanismo: gobernar con palabras, aplazar con excusas y confiar en que la ciudadanía, fatigada, acabe confundiendo los deseos con la realidad.

Este es el manual. La política como máquina de humo. Y nosotros, atrapados en la niebla.

La financiación diferenciada es el mismo perro con otro collar. #FinanciaciónSingular Compartir en X

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