La Gran ruptura Occidental

Esta semana puede que pase a la historia como la fecha en que se produjo la gran ruptura occidental.

Los principales gobiernos europeos y la UE rechazaron sumarse a la petición de Trump de enviar buques de guerra al estrecho de Ormuz, argumentando que no quieren ampliar la guerra contra Irán ni asumir una operación claramente liderada por Washington.

Berlín se alineó con la posición de que “no es nuestra guerra” y rechazó comprometer barcos para una operación ofensiva contra Irán, insistiendo en que la prioridad debe ser la desescalada, algo histórico dada la dependencia alemana para su defensa de las tropas de Estados Unidos y también porque allí tiene su principal mercado exportador.

El Reino Unido, aliado histórico de Estados Unidos con quien mantiene vínculos de defensa más allá de Europa (con Canadá, Australia y Nueva Zelanda), y por boca del primer ministro Keir Starmer, afirmó que trabaja con socios europeos y del Golfo en un plan para reabrir la vía marítima, pero evitó comprometerse a enviar fuerzas militares.

París y Roma han mostrado «reservas» y han descartado, de momento, enviar barcos de guerra al Golfo Pérsico, manteniendo una postura defensiva y de contención del conflicto, a pesar de que Macron anunciaba hace pocos días la formación de una flota franco-europea liderada por su portaaviones Charles de Gaulle.

La alta responsable de política exterior, Kaja Kallas, señaló que la UE no tiene intención de “ampliar su misión a Ormuz” y que cualquier aportación se limitaría, en su caso, a la misión naval Aspides, con un mandato defensivo y sujeto al que acepten los Estados miembros. Pero esta última posibilidad también parece haber sido rechazada posteriormente por la mayoría de Estados miembros.

España, por su parte, dejó claro que no participará en ninguna misión militar para mantener abierto Ormuz al considerar ilegal la guerra contra Irán y apuesta por soluciones diplomáticas. Es quien tiene la posición más dura de condena en la guerra.

Los argumentos de fondo de los europeos pueden resumirse en:

1) Rechazo a “ampliar la guerra” contra Irán y a ser arrastrados a una operación que perciben como una agenda estadounidense más que como defensa directa de Europa.

2) Aceptación de estudiar una presencia naval limitada y de carácter defensivo para proteger el tráfico comercial, pero no una coalición ofensiva bajo liderazgo directo de Trump.

3) La OTAN es una alianza defensiva; sin embargo, cuestión relativa, ya que intervino de manera importante en Afganistán durante la administración demócrata.

Ante el rechazo de varios aliados europeos, Trump advirtió de que «lo recordará» y llegó a amenazar con un «futuro muy malo» para la OTAN si no colaboran en la reapertura del paso de Ormuz.

En este contexto llega una reunión del Consejo de Europa, la instancia que reúne a los presidentes y jefes de gobierno de la UE, el jueves 19 de marzo, con esta cuestión sobre la mesa y el intento de Sánchez de liderar y lograr una descalificación total de la guerra.

Las consecuencias de la gran ruptura de la alianza occidental, que se produce por primera vez, no son menores, y la UE debe palparse la ropa antes de seguir por ese camino.

De entrada, se produce una grave erosión de la cohesión atlántica, el incremento del riesgo de unilateralidad estadounidense y se establece apresuradamente un precedente para futuros escenarios de crisis.

Por ejemplo, ¿cómo se liga con la defensa de Ucrania si Estados Unidos se inhibe?

Hay también consecuencias económicas y energéticas:

1) Mayor vulnerabilidad de los mercados energéticos.

2) Incentivo a la diversificación energética acelerada.

3) Impacto sobre la logística y el comercio global, con efectos sobre la competitividad europea.

También existen consecuencias políticas e institucionales:

Se producirá necesariamente un aumento de la autonomía estratégica europea, una tensión interna en la UE y un impacto en la política doméstica europea.

La decisión puede alimentar debates sobre gasto militar y responsabilidades globales, y polarizar opiniones públicas entre intervencionismo y prudencia estratégica.

También es una señal para potencias emergentes: actores como China pueden interpretar la situación como una oportunidad.

La dinámica de búsqueda de la hegemonía regional de Israel puede confirmarse o entrar en una situación de incertidumbre.

Si la situación en Ormuz se agrava, esta posición europea puede demostrarse:

• Acertada, evitando una guerra más amplia.

• Costosa, si la inestabilidad energética genera impactos económicos sostenidos.

Sin embargo, las declaraciones de cada Estado tienen importantes matizaciones dentro del “no” general.

Por ejemplo, Alemania manifiesta un escepticismo total y subraya que «no es un asunto de la OTAN».  Reino Unido ofrece apoyo técnico (buscaminas), pero rechaza escoltas de combate, y Francia mantiene una postura estrictamente “defensiva y protectora”: no se unirá a la ofensiva de EEUU, pero eso no excluye garantizar la navegación por Ormuz.

Habrá que ver cómo se modulan y concretan las posiciones el próximo jueves en el Consejo Europeo, pero, a día de hoy, la fractura es histórica y peligrosa.

Europa dice “no” a Trump en Ormuz y abre una fractura histórica en la cohesión atlántica. El coste puede ser económico y geopolítico. #Ormuz Compartir en X

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