La crisis geopolítica entre Irán y Europa que amenaza el orden atlántico

Si todo lo previsto por Estados Unidos era bombardear Irán con la esperanza de que el régimen cayera desde dentro, al estilo venezolano, no estábamos ante una estrategia, sino una locura histórica.

La situación actual se resume en una paradoja perfecta: es buena porque hay una tregua, pero es mala porque, si termina en términos parecidos a los actuales, Irán saldrá políticamente reforzado. No sólo habrá resistido, sino que habrá convertido el estrecho de Ormuz en una fuente estructural de ingresos, una palanca de poder que ni siquiera habría imaginado hace pocos años. La tregua de dos semanas existe, sí, pero el tráfico sigue severamente restringido, con controles iraníes sobre el paso de barcos y un cuello de botella energético que mantiene el mundo en vilo.

Y no hablamos de un detalle regional. Hablamos de la clave del flujo energético mundial —excepto para Estados Unidos. Ormuz es la arteria por la que circula una quinta parte del petróleo global. Si añadimos la amenaza permanente de los aliados de los ayatolás —los hutis de Yemen— sobre Bab el-Mandeb, la puerta de acceso a Suez, el resultado es un doble estrangulamiento del comercio mundial.

Este es un escenario tan adverso que incluso transforma a Israel en un gran perdedor. Porque una guerra que no desarma de forma decisiva al rival, pero le otorga capacidad de coerción sobre las rutas marítimas, es una guerra que fracasa en su objetivo estratégico.

Sin embargo, la locura no empieza ahora. Empezó cuando Occidente aceptó que un régimen agresivo como el de Teherán acumulara un arsenal de tal magnitud que, después de semanas de guerra, sigue siendo operativo y determinante. Esta ceguera de Occidente —y en particular de Europa— es el síntoma de una especie en extinción: unas élites políticas incapaces de distinguir entre amenaza real y confort ideológico.

Para Bruselas y para muchas capitales europeas, Putin es el peligro absoluto; Teherán, en cambio, no lo era. ¿En qué mundo viven nuestras élites políticas?

La pregunta es aún más severa porque no se limita a Oriente Próximo. El segundo gran efecto de esta crisis es la fractura del Imperio occidental atlántico, del cual la OTAN ha sido la expresión militar, sostenida sobre todo por Estados Unidos. El paralelismo con Roma no es forzado.

Como Roma y Bizancio, Occidente se divide hoy frente a nuestros ojos entre Bruselas y Washington. Quizás la fractura no sea definitiva, pero ya es lo suficientemente profunda como para marcar un antes y un después. Roma cayó pronto; Bizancio sobrevivió siglos. Lo que salvó el legado romano no fue la continuidad política, sino la emergencia de una realidad superior a la política: la Iglesia, que amamantó a una civilización y dio conciencia a Europa.

Esto es lo que hace tan dramático el momento actual: todavía no sabemos qué va a engendrar esta nueva división. Sólo sabemos que estamos ante un año de parteaguas entre lo que acaba y lo que todavía no tiene nombre.

En este contexto, la gran pregunta europea es de una brutal simplicidad: ¿puede permitirse la UE que Irán controle el flujo marítimo del petróleo saudí y del Golfo?

La respuesta racional es no. Pero Europa ya no se mueve solo por la racionalidad estratégica. Se enfrenta a Rusia, se distancia de Estados Unidos más de lo que se alinea, es presionada por la competencia china y sigue sin una política exterior común digna de ese nombre.

Mientras, Macron desempeña de pequeño gallo del gallinero continental, mientras Sánchez reproduce a nivel internacional un papel de “Orbán II”, no respecto a Rusia, sino en relación con China y, ahora también, con Irán.

La reapertura de la embajada española en Teherán es solo un síntoma menor de un movimiento más profundo: Sánchez ha buscado convertirse en el adversario europeo más visible de Estados Unidos de Trump, al tiempo que cultiva una relación privilegiada con Xi Jinping, con cuatro viajes sucesivos a China y sin una traducción positiva en un balance comercial cada vez más desfavorable para España.

Bruselas observa y calla, a pesar de saber que ese acercamiento es un auténtico caballo de Troya. Ya se calló ante el rearme persa; ahora calla ante la erosión industrial provocada por la dependencia china, especialmente en el sector automovilístico.

La razón de fondo es más profunda que la táctica diplomática. A diferencia de Orbán, Sánchez no parte de una concepción nacional-conservadora, sino que forma parte de la gran alianza que ha gobernado Occidente durante buena parte del siglo XXI: el liberalismo cosmopolita de las grandes fundaciones y de las élites globales —Clinton, Soros, Gates— y una agenda progresista hoy erosionada, pero aún con núcleos de poder real.

Es ahí donde la política exterior y la batalla cultural convergen. Porque entre todos —también quienes no compartimos este marco— acabamos financiando que una minoría convierta sus valores en el relato oficial de Occidente.

¿Cómo terminará todo esto? Aún es demasiado pronto para identificar una dinámica dominante. Estamos demasiado cerca de los eventos decisivos. Pero existe una certeza que sobresale entre la niebla: este año es el de la gran inflexión entre el mundo de antes y el que está a punto de nacer.

Y esto, más que una crisis internacional, es un cambio de época.

Irán reforzado y Europa dividida: la crisis de Ormuz acelera la fractura de Occidente y sacude el sistema energético mundial. #Ormuz #Irán Compartir en X

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