La criminalización de Trump: espejo de nuestras deformaciones e impotencias

Desde buena parte de la sociedad europea —y especialmente de la española y la catalana— impera una visión progre de la política que se ha convertido en dogma. Un relato maniqueo según el cual todos los presidentes republicanos de Estados Unidos son, sin excepción, personajes ineficaces, perversos o directamente estúpidos, mientras que los demócratas serían, por definición, gobernantes lúcidos y moralmente superiores, incluso cuando la realidad desmiente de forma flagrante esta narrativa.

Basta con recordar el trato dispensado a Ronald Reagan, hoy considerado por gran parte de la ciudadanía estadounidense como uno de los mejores presidentes de las últimas décadas, y contrastarlo con el enaltecimiento acrítico de figuras como Joe Biden, a pesar de unas políticas erráticas y una gestión que ha dejado a Estados Unidos en una situación de debilidad interna y externa. O recordar cómo, bajo la presidencia de Obama, la retirada estadounidense de varios escenarios clave de Oriente Próximo abrió un vacío geopolítico que Rusia aprovechó para volver a situarse en Siria en una posición de privilegio que había perdido.

Con Donald Trump, esa deformación ideológica de la realidad alcanza un grado extremo. Se nos presenta casi como un criminal, o como un fascista, sin matices ni jerarquización de hechos. Esta crítica cargada de sectarismo ideológico no solo falsea la realidad, sino que revela una incapacidad profunda para comprenderla. Y esto es letal: porque solo asumiendo la realidad tal y como es —nos guste o no— podemos transformarla. Esta es una evidencia personal, colectiva e histórica.

Es cierto que Trump es un personaje que favorece la caricatura y la crítica demoledora. Su egocentrismo, sus excesos, sus puestas en escena, casi siempre desmesuradas, facilitan el ataque satírico. Pero esto no justifica el extremo al que se ha llegado. La caricatura debería servir para observar mejor la realidad, no para sustituirla por fantasmagorías ideológicas.

Hay sin duda actuaciones que chocan frontalmente con el más elemental sentido de la humanidad. El comportamiento de la policía de fronteras estadounidense (ICE) en determinadas ciudades es escalofriante y demuestra una falta de sensibilidad hacia la condición ciudadana que es inaceptable y debe ser denunciada sin ambigüedades. Pero esta crítica necesaria no puede servir de excusa para descalificar en bloque toda la acción política de una presidencia.

Más allá de su política migratoria draconiana, la acción interior de Trump es mucho más amplia y relevante de lo que explican nuestros medios de comunicación, que prácticamente la silencian.

Un breve resumen lo deja claro.

En el ámbito económico y fiscal, Trump impulsó fuertes bajadas de impuestos federales con la Tax Cuts and Jobs Act de 2017, reduciendo el impuesto de sociedades y aplicando rebajas significativas a familias y empresas, con un impacto directamente sobre el dinero que disponen las familias, y también con un estímulo directo a la inversión. A esto se añaden propuestas como eliminar impuestos sobre las propinas, las horas extras o determinadas prestaciones de la Seguridad Social, así como incentivos a la repatriación de beneficios empresariales bajo el paraguas de la “America First” en política industrial.

El programa de desregulación fue sistemático: por cada nueva norma, se eliminaron varias existentes. La Casa Blanca llegó a presumir de un «8 por 1», con ahorros reguladores de decenas de miles de millones de dólares anuales para empresas y familias.

En sanidad, el desmantelamiento parcial del Obamacare incluyó la eliminación del mandato individual —que penalizaba hogares de renta baja y media— y el impulso de seguros más flexibles, así como la expansión de Medicare Advantage, con mayor oferta y una reducción de las primas medias para los jubilados.

En el ámbito de la justicia penal, la aprobación de la First Step Act en 2018, con apoyo bipartidista, reformó condenas federales, reducir mínimos obligatorios en determinados delitos de drogas e impulsar programas de reinserción, beneficiando a miles de presos con reducciones de pena. Algo casi ignorado por los relatos dominantes.

En seguridad y orden público, Trump defendió una agenda de “tolerancia cero” frente a la criminalidad urbana, reforzando poderes policiales y enviando un mensaje de dureza ante el crimen organizado, los cárteles de la droga al clasificarlos legalmente como organizaciones terroristas, y los disturbios, al margen de la dimensión migratoria.

Su política energética apostó por la “dominancia energética”: fomento del petróleo, gas y carbón, reducción de restricciones ambientales y apoyo a infraestructuras energéticas tradicionales, con un rechazo frontal a la regulación climática estricta heredada de la era Obama.

En el ámbito cultural y social, la agenda se centró en la defensa de la familia, la reducción del aborto y la oposición a la expansión de determinados derechos LGTBI, en coherencia con una visión conservadora de fuerte matriz cristiana, como la que articula el Project 2025. Que esa agenda no sea socialdemócrata, progre o liberal no la convierte automáticamente en mala: simplemente es alternativa.

Cinco grandes ejes definen a esta nueva derecha: el desmantelamiento del Estado administrativo, la dominancia energética, la reforma económica y fiscal con elementos proteccionistas, la batalla cultural sobre derechos civiles y la seguridad como eje central de la política pública.

En política exterior, Trump ha hecho más por la paz y la desescalada que Obama y Biden juntos, pese al relato dominante. Ha abierto la puerta a una transición no cruenta en Venezuela, ha iniciado un proceso similar con Cuba, ha mantenido a Gaza en una situación mejor -que no buena- y con una mínima esperanza encauzada, ha abierto la vía negociadora en Ucrania y ha contenido, con mayor eficacia de lo admitido, el expansionismo criminal del régimen iraní. Todo esto en poco más de un año no es poco, además de otras intervenciones de paz en conflictos entre países, menos de lo que él menciona, pero más que durante décadas de política exterior EUA.

Incluso sus amenazas, como la de Groenlandia, responden a una lógica de negociación desde una posición de fuerza y ​​no a una intervención militar. Si los líderes europeos hubiesen reaccionado con la indiferencia propia de los fuertes, en lugar de sobreactuar y enviar soldados simbólicos, muchas de estas amenazas se habrían desinflado, como ha ocurrido tantas otras veces.

A Trump, como a cualquier líder, hay que tomarle la medida. No es una excepción. Y además él, como otros muchos gobiernos, tienen la medida tomada de los dirigentes europeos: plastilina y teatro. Es lo que queda cuando se sustituye el análisis de la realidad por la ideología tópica.

Solo asumiendo la realidad tal y como es —nos guste o no— podemos transformarla. Esta es una evidencia personal, colectiva e histórica. Compartir en X

Entrades relacionades

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.