El juramento del cargo del nuevo alcalde de Nueva York, Zohran Kwame Mamdani, realizado sobre dos ejemplares del Corán, ha sido recibido por muchos como un gesto de pluralismo, inclusión y respeto a la diversidad religiosa. En una ciudad global, diversa y multicultural, el gesto parece ser coherente con una sensibilidad contemporánea que valora la representación simbólica de las identidades.
Sin embargo, si tomamos en serio el principio —antiguo pero a menudo olvidado— que las ideas tienen consecuencias, el acto merece un análisis más profundo que vaya más allá del plan emotivo o meramente ceremonial.
No se trata de juzgar intenciones personales ni de cuestionar la libertad religiosa del cargo electo. Se trata de entender qué significa, cultural y políticamente, jurar el ejercicio del poder público sobre un texto religioso concreto, y qué cosmovisión normativa se invoca simbólicamente al hacerlo.
El juramento no es neutro
Un juramento no es un gesto vacío. Históricamente implica:
- El reconocimiento de una autoridad superior.
- Un compromiso moral ante esta autoridad.
- La invocación de un marco normativo último que da sentido al poder ejercido.
Por eso, el debate no es si legalmente se puede jurar sobre un texto religioso distinto a la Biblia —se puede—, sino que se simboliza cuando se elige un texto u otro, especialmente en una democracia liberal fundamentada en los derechos humanos, el Estado de derecho y el pluralismo.
El Corán como texto normativo total
En el islam clásico, el Corán no es un texto espiritual entre otros. Es la palabra literal, eterna e increada de Dios, con vocación de regular la totalidad de la vida humana: lo religioso, moral, jurídico y político. No establece una criba entre esfera espiritual y esfera civil. La ley (sharia) no emana del pueblo ni del consenso democrático, sino de la revelación.
Esta concepción genera tensiones estructurales con pilares básicos del orden liberal moderno:
- igualdad jurídica entre hombres y mujeres
- libertad de conciencia (incluida la apostasía)
- pluralismo religioso pleno
- soberanía popular
- separación entre religión y Estado
Que muchos musulmanes vivan su fe de forma privada y compatible con la democracia es un hecho. Pero el símbolo invocado no es la vivencia personal, sino el texto normativo en sí, considerado superior a cualquier legislación humana.
Biblia y poder político: una diferencia estructural
No es lo mismo jurar sobre la Biblia que sobre el Corán, no por superioridad moral de personas, sino por diferencias estructurales entre tradiciones religiosas.
En el cristianismo occidental, la Biblia se lee desde el Nuevo Testamento, que introduce una ruptura decisiva entre fe y poder político:
“Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.
Esta tradición permite la secularización del poder, la separación entre ley civil y fe religiosa y la emergencia de la conciencia individual. El cristianismo, culturalmente, se autolimita ante el poder político.
Dos textos, dos lógicas
- La Biblia, leída desde el Nuevo Testamento, permite su despolitización.
- El Corán, en su teología clásica, no lo permite sin una profunda reinterpretación, aún minoritaria y contestada.
Por eso, a pesar de ser legalmente equivalente, no es simbólicamente equivalente a jurar sobre uno u otro texto.
Conclusión
El juramento del nuevo alcalde de Nueva York no es un gesto neutro. Es un símbolo cargado de significado que obliga a reflexionar seriamente sobre la relación entre religión, poder y democracia. El hecho de que ciudades clave del Occidente atlántico como Londres y Nueva York tengan alcaldes musulmanes dice mucho sobre la debilidad cultural y las contradicciones internas de nuestras sociedades. Que Mamdani sea la esperanza blanca de los demócratas en EE.UU. y el predilecto ante Trump por el progresismo europeo demuestra que la provocadora novela de Houellebecq “Sumisión” cada vez más es un ensayo y menos un relato imaginario.
Si olvidamos que las ideas tienen consecuencias, acabaremos gobernados no por la razón cívica, sino por símbolos mal entendidos. Y esto, históricamente, nunca ha terminado bien.
El juramento del nuevo alcalde de Nueva York no es un gesto neutro. Es un símbolo cargado de significado que obliga a reflexionar seriamente sobre la relación entre religión, poder y democracia. Compartir en X




