El debate sobre las políticas inmigratorias es central en Europa, tiene cada vez mayor protagonismo en el escenario español y es vital en el caso de algunas comunidades que acumulan récords de inmigrantes y disponen de una lengua y una cultura propia mucho más débil demográficamente que la castellana o española. Es el caso de Cataluña, que además es una de las comunidades con mayor número de personas musulmanas, lo que puede comportar procesos de integración más complejos.
Las interpretaciones simples del fenómeno —en la línea del «todo es bueno»—, como la que hace el gobierno y sus aliados de extrema izquierda, impiden abordar bien el problema. Pueden ser pan para hoy y hambre para mañana, depositando una nueva losa sobre la ya pesada carga que tendrán que soportar los jóvenes.
Sólo tres aspectos con consecuencias determinantes sobre las condiciones de vida dan ya una idea de la magnitud de su impacto.
Entre 2022 y 2025, más de 2,5 millones de inmigrantes han contribuido a desajustar el mercado de la vivienda, acentuando una crisis histórica de difícil resolución. También han tensionado hasta el límite la capacidad educativa de los centros escolares situados en zonas con elevada concentración de inmigración. Y, por último, cabe recordar que, dado el desequilibrio actuarial del sistema de pensiones, una parte importante de estos acentuarán el déficit de la Seguridad Social cuando pasen a percibir la jubilación.
Ahora bien, el planteamiento opuesto —la negativa absoluta a la inmigración— tampoco aporta soluciones reales.
Esta inmigración masiva, aunque tiende a reducir ligeramente la productividad media del sistema, ha mejorado el PIB per cápita gracias a la combinación de efecto demográfico y aumento del empleo . Esto no significa que todos los ingresos hayan mejorado; básicamente lo han hecho los perceptores del salario mínimo interprofesional, tal y como explica Marc Miró en un artículo.
La conclusión es clara: si no hubiera inmigración, el país solo podría mantener su nivel de crecimiento mejorando notablemente su productividad. En otras palabras, aquellos que exigen restringir o expulsar a inmigrantes —posición defendida especialmente por VOX y, en Cataluña, también por Aliança Catalana— engañan al público si no sitúan como prioridad absoluta el aumento de la productividad.
Para entenderlo mejor, es necesario observar los datos del período 2022-2025.
Entre 2022 y 2025, el PIB nominal de España pasó de 1.373.629 millones de euros a 1.685.783 millones, mientras que el crecimiento real anual se moderó tras el rebote pospandemia: 6,4% (2022), 2,5% (2023), 3,5% (2024) y 2,8% (2025).
Demográficamente, España mantuvo un saldo vegetativo negativo durante todo el período: −133.250 (2022), −113.590 (2023), −116.056 (2024) y −122.167 (2025).
En cambio, el saldo migratorio exterior fue fuertemente positivo: +727.005 (2022), +642.296 (2023) y +626.268 (2024). Para 2025, el saldo definitivo todavía no estaba publicado, pero se estima en aproximadamente +564.595 personas.
Si se aplica un ejercicio contrafactual simple —suponiendo inmigración cero—, la población de 2025 habría sido un 4,6% menor. En consecuencia, el PIB total habría sido también aproximadamente un 4,6% inferior, es decir, unos 78.116 millones de euros menos.
Este cálculo es deliberadamente conservador porque supone que la inmigración solo altera el tamaño de la población y no el PIB per cápita.
Para analizar con mayor precisión el impacto real, es necesario incorporar los factores de demografía, empleo y productividad. El Banco de España, en su Boletín Económico (2025/T2), estima que entre 2022 y 2024 la inmigración ha aportado entre 0,4 y 0,7 puntos porcentuales anuales al crecimiento del PIB per cápita. Este efecto positivo proviene sobre todo de la demografía y el empleo, mientras que la productividad por hora ha tenido un impacto ligeramente negativo, estimado entre -0,1 y -0,2 puntos porcentuales.
Esto significa que, sin inmigración, la productividad media habría sido ligeramente superior, pero el PIB per cápita habría crecido menos.
Para que un escenario con inmigración cero superara el PIB per cápita observado, la productividad debería aumentar entre 0,4 y 0,7 puntos porcentuales adicionales cada año. En términos prácticos, esto implicaría pasar de un crecimiento de la productividad por hora del 1,1% anual a entre el 1,6% y el 2%.
El propio Banco de España recuerda que este ejercicio es una descomposición contable, no una identificación causal completa entre inmigración y productividad. Pero sí sirve para acotar órdenes de magnitud y entender el problema.
De esta evidencia se desprende una clara conclusión política.
La buena política implica priorizar dos vectores en los que el gobierno de Sánchez ha fracasado:
- La productividad. Un fracaso rotundo del gobierno, sobre todo después de disponer de la oportunidad histórica de los Fondos Next Generation.
- La familia y la natalidad, completamente ausentes de la agenda pública, por razones ideológicas.
Estas dos dimensiones -productividad y demografía- constituyen las verdaderas claves del futuro económico y social del país.
La inmigración ha ayudado a sostener al PIB español. Pero el verdadero problema es otro: la baja productividad. #Economía #Inmigración Compartir en X





