Cataluña ha entrado, por segunda vez en su historia contemporánea, en una fase de declive. Esta es la tesis central de este trabajo, y no se formula como una proclama política ni como una exageración retórica, sino como un análisis estructural basado en indicadores, funcionamiento institucional y dinámicas acumulativas.
El declive no es un suceso repentino; es el resultado de una secuencia previa que comienza con la crisis, se consolida con el colapso funcional y culmina en una incapacidad sistémica de recuperación.
La crisis
Hay que empezar por el concepto de crisis. Una crisis es una situación en la que los indicadores clave empeoran —demografía, educación, productividad—, pero las estructuras básicas del sistema siguen operativas. Los servicios funcionan, aunque con rendimientos decrecientes; las instituciones toman decisiones, a menudo tardías o parciales; y el discurso dominante mantiene cierta confianza: tenemos problemas, pero podemos arreglarlos. Por definición, la crisis es reversible.
Cataluña entra en crisis cuando la fertilidad cae por debajo del nivel de reemplazo en los años noventa, cuando disminuye la nupcialidad y cuando la productividad deja de converger con Europa. Sin embargo, todavía existe crecimiento económico, atracción de inversión y una capacidad institucional aparente que permite sostener el sistema. Hasta aquí, el edificio aguanta.
El colapso funcional
El siguiente paso es el colapso funcional. No significa que «todo deje de funcionar», sino que los sistemas críticos dejan de ser fiables. El transporte, la educación o la administración pasan de funcionar mal a hacerlo de forma intermitente, imprevisible, obligando a ciudadanos y empresas a crear soluciones informales o privadas. El colapso no es total: es funcional. Y es aquí donde el coste de hacer funcionar cualquier actividad —el coste de transacción, en términos de la Nueva Economía Institucional— se dispara.
En un buen sistema institucional, las instituciones existen para reducir estos costes. En el caso catalán, cada vez más los incrementan. La gestión se vuelve reactiva en lugar de planificada; el discurso político normaliza el desastre; y la población acaba asumiendo, de forma resignada, un funcionamiento deficiente como si fuera inevitable.
Hablamos de colapso cuando Cercanías no permite planificar desplazamientos, cuando el sistema educativo no garantiza competencias mínimas homogéneas —incluso en comparación con otras regiones de España—, cuando la administración es incapaz de resolver los cuellos de botella que limitan la producción de vivienda, cuando la productividad se estanca y el crecimiento depende cada vez más de la inmigración. El PIB puede crecer, pero ya no es sinónimo de aumento de la renta per cápita.
El declive
Y es desde aquí que se entra en el declive. El declive no es ausencia de crecimiento, sino incapacidad estructural de recuperar la trayectoria. Es la fase en la que el sistema ya no dispone de mecanismos internos suficientes para revertir la dinámica, incluso cuando existe inversión o crecimiento puntual. Es relativo —en comparación con otros territorios— y es estructural.
El declive se expresa en la pérdida sostenida de posición relativa con respecto a Europa, regiones comparables, España o Madrid; en una creciente dependencia de factores externos —demografía importada, endeudamiento, déficit fiscal—; y en unos rendimientos cada vez menores de cualquier reforma parcial. Aquí ya no hablamos de mala gestión puntual, sino de una trayectoria descendente.
La clave analítica es que esta secuencia es acumulativa. Todo declive ha pasado antes por una crisis y un colapso. Pero no toda crisis termina en declive. El problema no es detectar los problemas, sino actuar cuando todavía son reversibles, y normalizar el colapso hasta que el declive queda consolidado.
Hoy, Cataluña muestra síntomas claros de ese declive estructural. Y los factores que lo explican —profundamente interrelacionados— son seis: la familia, el capital humano, la productividad, la ineficiencia institucional, las infraestructuras de movilidad y la vivienda. Entre todos ellos, hay uno determinante: la ineficacia institucional en términos funcionales. Instituciones incapaces de dar respuesta a crisis complejas acaban sumiéndose en el colapso y abriendo la puerta al declive.
Este texto es sólo el punto de partida. El análisis de estos factores, de su alcance y sus consecuencias, así como una mirada histórica al primer ciclo de auge y declive de Cataluña y al segundo —que hoy se encuentra en su fase descendente—, permitirá entender hasta qué punto lo que vivimos no es coyuntural, sino estructural. ¿Cuál es la magnitud histórica de la situación que vivimos y lo difícil que es -improbable- revertirla, o al menos, cuáles serían las grandes transformaciones necesarias?
No toda crisis termina en declive. Pero normalizar el colapso es el camino más corto hacia él. #Cataluña #Análisis Compartir en X






