Cuando cierran las aulas y la lengua se pierde: el aborto masivo y el desierto social de Cataluña

El poder público lo presenta como triunfo de la libertad. Los medios afines lo envuelven con el lenguaje habitual de los derechos. Las instituciones lo conmemoran con naturalidad administrativa. Pero la realidad, observada desde la vida concreta, es mucho menos abstracta.

En Catalunya, en el 2024 se practicaron 21.761 abortos, cifra equivalente al 40,4% de los nacimientos. Esto significa que, por cada diez niños que llegaron a nacer, cuatro no lo hicieron.

En España, la proporción es también elevada: 106.172 abortos sobre 318.005 nacimientos, un 33,4%.

Estas cifras no viven en los boletines. Viven en los barrios, en las escuelas y en las familias.

Se hacen visibles en aulas que se vacían, en pueblos donde ya no hay criaturas suficientes para mantener servicios, en escuelas —concertadas o públicas— que cierran líneas, en barrios donde la continuidad cultural se debilita y en un mercado laboral que sólo se mantiene por la entrada constante de nueva inmigración.

Este es el país real. El resto es retórico.

Havel insistía en que la mentira del poder no consiste solo en falsear datos, sino en imponer un lenguaje que impida ver la realidad moral de los hechos. Y aquí la realidad es visible: Cataluña ya tiene más defunciones que nacimientos, y su estructura demográfica depende cada vez más de un reemplazo exterior que no complementa, sino que sustituye.

En España ocurre lo mismo, aunque con menor intensidad.

Cuando más del 50% de los jóvenes adultos en Cataluña han nacido en el extranjero, la cuestión no es identitaria en sentido estricto, sino de continuidad social concreta: ¿quién mantiene la lengua en la calle? ¿Quién sostiene las redes familiares? ¿Quién transmite la memoria local? ¿Quién mantiene vivo un estilo de vida y una forma de entender la comunidad?

Estas cosas no se decretan. Se transmiten, y se realizan sobre todo a través de los hijos. Por eso, el problema no es solo el número de abortos, sino que se producen dentro de una sociedad que ya no cree lo suficiente en sí misma.

Cada criatura que no llega a nacer en una comunidad con fecundidad insuficiente no es un dato más: es un aula menos dentro de tres años, una familia menos dentro de veinte, una voz menos para sostener la lengua, una cotización menos para pagar pensiones, un hogar menos para mantener la densidad moral del país. Este es el costo real. No es una abstracción teórica.

Es el cierre de una línea de E3. Es una escuela rural que pierde sentido. Es un pueblo envejecido. Es una parroquia sin bautizos. Es una fiesta mayor sin relieve generacional. Es una empresa que solo encuentra mano de obra en la inmigración, porque la base autóctona se ha hecho insuficiente. Esta es la textura concreta del fenómeno.

Lo inquietante es que, pese a este contexto, los poderes públicos y mediáticos no solo no lo ven como problema, sino que a menudo lo presentan como una expresión superior de modernidad.

Aquí es donde el diagnóstico haveliano se hace preciso. La sociedad está invitada a repetir el lenguaje oficial del progreso mientras, en la vida real, ve escuelas vacías, menos familias estables y una creciente dependencia demográfica de factores externos.

Es la vida en la mentira. No porque se nieguen las decisiones personales, sino porque se niega el significado colectivo acumulado de estas decisiones cuando se vuelven masivas.

Cataluña sufre esta contradicción con mayor intensidad que España porque su continuidad cultural es más frágil: la lengua necesita densidad familiar, el arraigo necesita transmisión y el país necesita más que PIB; necesita hijos.

Un país sin hijos no es una sociedad libre. Es una sociedad que se va vaciando mientras aprende a llamar a ese vacío con palabras amables.

Y esta es la forma más sofisticada del desierto.

Havel insistía en que la mentira del poder no consiste solo en falsear datos, sino en imponer un lenguaje que impida ver la realidad moral de los hechos. Compartir en X

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