Por qué Cataluña no consigue resultados en Madrid: Cercanías, financiación y bloqueo político

Hay decadencias que no necesitan teoría. Basta tomar un tren de Cercanías, intentar atravesar la AP-7 o leer el último comunicado solemne sobre algún “acuerdo histórico” con Madrid. El resto ya lo pone la realidad, que en Cataluña se ha convertido en una forma de sarcasmo.

Desde la desaparición de Convergència Democràtica de Catalunya, el sistema político catalán basado en partidos con centro de decisión en el país ha perdido lo que durante décadas, gustara o no, funcionaba: la capacidad de negociar poder real con el Estado. No relato. No gesticulación. No liturgia. Poder concreto.

Lo notable es que el fracaso no viene por ausencia de palancas. Al contrario.

Por un lado, Esquerra Republicana de Catalunya practica una modalidad de colaboración tan extensa con el gobierno de Pedro Sánchez que a menudo no se limita a garantizarle la supervivencia parlamentaria, sino que le resuelve problemas de gobernabilidad. Es una aportación ciertamente original en una fuerza que todavía se declara  independentista.

Por otro lado, Junts per Catalunya mantiene una retórica de confrontación que, observada de cerca, recuerda menos una estrategia de ruptura que una pareja mal avenida condenada a no separarse nunca. Mucha frase gruesa, mucha escenografía y, al final, siempre el mismo estribillo: reunión, fotografía y una nueva promesa de “ahora sí”.

El resultado de este doble mecanismo —colaboración y pseudoenfrentamiento— es extraordinario por su esterilidad.

Nunca había habido en Madrid un gobierno tan minoritario. Nunca los diputados independentistas y nacionalistas catalanes habían sido tan decisivos. Y, sin embargo, más allá de los indultos y de una amnistía parcial, cuesta encontrar ganancias materiales proporcionadas al peso parlamentario acumulado.

El caso de Cercanías ya ha pasado de la categoría de desastre a la de alegoría nacional.

Se anunció un traspaso casi como si fuese la restitución de una soberanía ferroviaria. Hoy es evidente que todo ello ha sido un engaño administrativo. Quienes sigue teniendo la sartén por el mango son los maquinistas, los gestores reales de la infraestructura y el viejo entramado estatal, mientras la Generalitat juega el papel de la triste figura: declara, lamenta, promete y vuelve a lamentar.

Mientras, los incidentes se multiplican con una regularidad de reloj suizo, que es justamente el único que no funciona en el sistema catalán de movilidad.

El último titular era perfecto en su brutalidad involuntaria: el choque de un tren con un árbol obliga a evacuar al pasaje de la R11. Luego resulta que no era un árbol, sino dos, en puntos distintos, y todavía había que añadir una avería eléctrica en un tercer lugar.

Si no fuera porque perjudica a miles de personas y erosiona la productividad del país, sería una escena digna de un sainete.

Combinado con el colapso estructural de la AP-7, Cataluña ha acabado construyendo una singularidad económica: la comunidad con una de las presiones fiscales más altas y, al mismo tiempo, con un sistema de movilidad más cercano al infierno logístico que a una economía avanzada.

En esto consiste, al parecer, la nueva «prosperidad compartida» del gobierno de Salvador Illa.

También se anunció un nuevo sistema de financiación“Ahora va en serio”, se decía. La expresión, en Cataluña, debería tributar ya como impuesto sobre la ingenuidad.

Madrid no ha tardado mucho en hacer saber que la música suena bien, pero la caja la sigue teniendo él. Y así, lo que debía ser un cambio estructural amenaza con quedar reducido a algún sucedáneo presentable para que Oriol Junqueras pueda exhibir al menos unas migajas homologables.

Y aquí es donde la comparación con el Partido Nacionalista Vasco se convierte en devastadora.

Sus diputados en Madrid casi caben en un taxi. Pero cada reunión del lendakari Imanol Pradales con Sánchez termina con una lista de traspasos, participaciones y nuevas capacidades ejecutivas: aeropuertos, control migratorio, seguridad, financiación empresarial vía ICO, seguros agrarios, inspección pesquera, vigilancia marítima, centros de reconocimiento médico y reeducación vial.

El Estatut de Gernika, en manos del PNV, parece la bota de Sant Ferriol: siempre mana.

Cataluña, en cambio, ha sustituido al viejo y tan injuriado “peix al cove” por una variante menos nutritiva: mucho cova, poco pez y demasiada rueda de prensa.

No se trata ya de pedir ninguna hoja de ruta hacia la independencia. A estas alturas, la mayoría del país se contentaría con algo mucho más modesto e infinitamente más útil: que sus representantes en Madrid fueran capaces de arrancar competencias que funcionen, recursos que lleguen y servicios que mejoren la vida cotidiana.

Esto era, en el fondo, la vieja política pujoliana: menos épica, más resultado.

La decadencia catalana de hoy se mide en ese contraste casi cruel: lo que antes se criticaba por pragmático ahora aparece, visto el panorama, como una edad de oro de la eficacia.

Si en lo alto de la Generalitat hay un presidente que a menudo parece más un masovero diligente del gobierno español que el jefe político del país, y si los partidos catalanes viven más pendientes de sus miserias internas que del interés nacional, la pendiente es inevitable.

Y todavía habrá quien, ante el enésimo fracaso, lo celebrará con grandes palabras, palmaditas en el pecho y algún “pit i collons” de garbanzo.

El país, mientras, seguirá esperando el tren. O la financiación. O, simplemente, alguna prueba de que alguien en Madrid negocia para Cataluña y no para la próxima comparecencia.

El PNV acude con un taxi de diputados y regresa con diez competencias. Aquí vamos con épica y volvemos con ruedas de prensa. #PNV #Catalunya #Política Compartir en X

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