Israel contra los cristianos

El Domingo de Ramos nos llegó una pésima noticia: el cardenal patriarca de Jerusalén, monseñor Pierbattista Pizzaballa, y el custodio de Tierra Santa, el padre Francesco Ielpo, fueron interceptados por la policía israelí cuando se dirigían a la iglesia del Santo Sepulcro para celebrar la misa del Domingo de Ramos. Se les prohibió la entrada a la basílica del Santo Sepulcro, clausurada por la policía, así como la celebración de la santa misa en este templo. Las autoridades israelíes también han prohibido la celebración de las procesiones de Semana Santa.

La persecución del cristianismo en este país no es nueva; sobran los ejemplos. Veamos algunos.

Elham Farah, una anciana católica de 84 años, pianista, profesora de música jubilada y organista de la parroquia de la Sagrada Familia en Gaza, se refugió en esta iglesia huyendo de los bombardeos israelíes. En un momento dado, el 12 de noviembre de 2023, creyendo que los ataques habían cesado, abandonó su refugio para volver a su hogar. En la calle, cuando acababa de salir de la iglesia, un francotirador israelí le disparó y la hirió. Elham Farah cayó al suelo. Nadie pudo auxiliarla debido a la reanudación de los ataques. La anciana pasó toda la noche desangrándose, tirada entre escombros. Ya de día, un vehículo militar israelí la remató pasándole por encima, según relatan testigos del hecho.

Es evidente que nadie puede confundir con un “terrorista” a una mujer de 84 años que camina por la calle o que yace agonizante en la calzada. Y, aunque lo hubiera sido, el modo en que la remataron es criminal y atroz.

La misma parroquia de la Sagrada Familia, en la que estaban refugiados cientos de civiles, fue atacada en julio pasado por un tanque israelí. Murieron tres personas y otras varias resultaron heridas, entre ellas el párroco, el padre Gabriel Romanelli. La primera explicación de las autoridades israelíes fue que en el templo se ocultaban “terroristas”. Después se alegó un “error”, argumento inverosímil, pues basta ver una imagen del edificio para comprender que se trata de una iglesia y que, en ningún caso, debería ser atacada.

Durante la actual invasión del sur del Líbano, las autoridades israelíes han instado a los habitantes de aldeas cristianas a evacuar la zona, que el ejército pretende ocupar. Muchos campesinos cristianos, con el apoyo de sus párrocos, se han negado a abandonar sus hogares y convertirse en refugiados. La respuesta ha sido el bombardeo de aldeas indefensas y de poblaciones civiles pacíficas y desarmadas.

Hace menos de un mes se produjo un ataque de este tipo en la aldea católica de Klayaa. Una casa fue destruida por las bombas. Mientras el párroco, el padre Pierre El-Rai, y otros vecinos rescataban a los heridos, se produjo un segundo ataque que costó la vida al sacerdote.

En 1978, Israel bombardeó la iglesia católica de San Jorge en la localidad libanesa de Derdghaya. El edificio fue restaurado, pero en 1992 sufrió un nuevo bombardeo que lo destruyó por completo. Reconstruida nuevamente, la parroquia volvió a ser atacada por Israel en 2024. Hubo ocho víctimas mortales, además de varios heridos. Los edificios parroquiales (templo, vivienda del párroco y oficinas) fueron completamente arrasados.

¿Es casualidad que, en menos de medio siglo, el mismo ejército bombardee tres veces la misma parroquia hasta dejarla, una y otra vez, en ruinas?

En el Evangelio según san Juan se cuenta que Jesús, cuando Caifás ya planeaba matarlo, se retiró con sus discípulos a una ciudad llamada Efraín, desde donde partió hacia Jerusalén para ser crucificado, tras visitar a Marta, María y Lázaro en Betania. Hoy Efraín se llama Taybeh y se dice que es la última ciudad cristiana de Cisjordania.

Como hace dos mil años Caifás acechaba a Jesús, hoy los colonos israelíes hostigan a los habitantes de Taybeh con la complicidad del ejército, usurpan sus tierras e incluso llegan al asesinato. Este acoso dura ya décadas. El pasado mes de julio, la iglesia bizantina de San Jorge, monumento del siglo IV y lugar de peregrinación, fue incendiada por un grupo de colonos que además dañaron, como es habitual, los olivares de los que viven los agricultores cristianos.

Hace unos días, el párroco católico de Taybeh, el padre Bashar Fawadleh, lanzó un llamamiento desesperado a todos los cristianos del mundo. Los colonos han vuelto a atacar Taybeh, han ocupado campos propiedad de católicos palestinos, una fábrica, etc. El padre Fawadleh explica que quieren expulsar a los cristianos para quedarse con la ciudad y los terrenos circundantes. “No solo pedimos compasión, sino también solidaridad”, afirma el sacerdote.

El obispo auxiliar de Jerusalén, monseñor William Shomali, explicaba recientemente al canal internacional católico EWTN que la situación de los cristianos en Cisjordania es crítica debido a las agresiones, cada vez más intensas, de colonos judíos contra estas comunidades. Las usurpaciones no se detienen ni siquiera ante los conventos: al de religiosas de Artas, cerca de Belén, le han sido confiscados terrenos para construir nuevos asentamientos ilegales. En Belén, en el campo donde, según la tradición, el ángel se apareció a los pastores para anunciar el nacimiento de Cristo, las autoridades israelíes han izado una bandera y reclaman el lugar como parte de Israel, pese a estar en Cisjordania —ocupada desde 1967— y a que los terrenos pertenecen a una familia cristiana. Una provocación en toda regla.

La voluntad de acabar con la presencia cristiana en Tierra Santa se manifiesta también en el ámbito educativo.

En Jerusalén hay 15 escuelas católicas en las que trabajan 230 docentes procedentes de Cisjordania, que se desplazan diariamente desde sus lugares de residencia. Se trata de profesionales comprometidos no solo con su labor educativa, sino también con su fe. Ahora, el gobierno israelí prohíbe a estas personas impartir clases en Jerusalén. Como consecuencia, 230 maestros y profesores se quedan sin medios de vida y sus alumnos sin docentes.

En estas circunstancias, no resulta extraño que, desde 1948, la población cristiana de Israel se haya reducido en un 85,6 %. En aquel año, los cristianos representaban el 12,5 % de la población; hoy apenas alcanzan el 1,8 % (datos de diciembre de 2024). En su inmensa mayoría, estos cristianos son palestinos, es decir, víctimas potenciales —y, en muchos casos, reales— de limpieza étnica, expolio, destrucción de sus hogares y medios de vida, expulsión, discriminación, humillaciones y, con frecuencia, asesinatos.

Los palestinos musulmanes también han sufrido innumerables injusticias, pero para los cristianos de Tierra Santa el periodo transcurrido desde la fundación de Israel ha sido aún más devastador: el cristianismo en la región prácticamente ha desaparecido, y su aniquilación continúa, de forma sistemática y sin disimulo.

Ante una situación como la actual, mirar hacia otro lado, callar, emplear eufemismos o silenciar el nombre de los responsables y sus colaboradores no es prudencia ni benevolencia: es cobardía o complicidad.

Los gobiernos israelíes llevan décadas cometiendo abusos que no comenzaron con Netanyahu, sino desde la creación del Estado de Israel. Ello no les ha impedido recibir una generosísima ayuda económica, política y militar por parte de muchas naciones europeas, así como el apoyo incondicional de Estados Unidos. Da igual que gobiernen demócratas o republicanos, que sus presidentes se declaren “cristianos” o “católicos”: ese supuesto cristianismo no les impide respaldar a quienes pretenden expulsar el cristianismo de Tierra Santa. No solo no se les imponen sanciones, sino que se les proporciona cobertura y medios.

¿Y qué ocurre en España? También aquí los adversarios de la presencia cristiana en Tierra Santa cuentan con su “lobby”, integrado, entre otros, por partidos como el PP, Junts y, sobre todo, Vox, con el señor Abascal al frente. Para muchos católicos simpatizantes de estas formaciones, este es un asunto incómodo. Sin embargo, si se quiere ser coherente con la fe, no se puede mirar hacia otro lado.

Puede que lleguemos a la amarga conclusión de que “no hay nadie a quien votar”. No es agradable, pero es preferible a convertirse en cómplices —activos o pasivos— de injusticias por las que algún día seremos juzgados. Y ante ese Juez no habrá abogados, recursos, fianzas, prescripciones ni artimañas que valgan.

Mientras el mundo mira hacia otro lado, las comunidades cristianas en Tierra Santa desaparecen entre violencia, expulsiones y silencio internacional. ¿Hasta cuándo? #TierraSanta #Cristianos #PersecuciónReligiosa Compartir en X

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