Barcelona bajo Collboni o la deriva de una ciudad

Hay gobiernos que transforman una ciudad y gobiernos que simplemente la gestionan. Y hay otros que, sin apenas proponérselo, acaban acelerando dinámicas que ya existían hasta convertirlas en el rasgo definitorio del lugar.

Barcelona parece haber entrado en esta tercera categoría durante el mandato de Jaume Collboni, que gobierna con sólo diez concejales sobre un plenario de cuarenta y uno. Una minoría que, en teoría, debería imponer prudencia política y capacidad de pacto, pero que en la práctica ha producido una sensación extraña: la ciudad profundiza sus problemas y se centra solo en el elogio de sus exitosas actividades.

Con el paso del tiempo —y ya es suficiente para empezar a valorar resultados— se puede observar hacia dónde conduce esta gestión. Y la conclusión no es especialmente reconfortante: no resuelve ninguno de los problemas estructurales de Barcelona y, en algunos casos, los acentúa.

La ciudad turística como identidad dominante

Uno de los fenómenos más evidentes es la consolidación de Barcelona como ciudad esencialmente turística. El turismo no es nuevo ni necesariamente negativo; hace décadas que forma parte de la economía urbana. El problema aparece cuando esta actividad se convierte en el principal relato de la ciudad y acaba eclipsando al resto de funciones metropolitanas.

Las recientes decisiones del Ayuntamiento no parecen ir en dirección contraria. Mientras se discute sobre la limitación de apartamentos turísticos, se prepara una gran operación hotelera en la fachada litoral del Besòs, una de las pocas zonas todavía pendientes de transformación. El proyecto contempla más de 2.000 nuevas habitaciones, lo que refuerza aún más el peso del sector.

El resultado es que la percepción exterior de Barcelona se desplaza rápidamente hacia esa imagen monocromática. Según el International Talent Monitor 2025, el 62,5% de los extranjeros perciben Barcelona principalmente como una ciudad turística. Hace solo dos años esta proporción era del 34%. El aumento es espectacular y difícil de contar sin tener en cuenta las políticas urbanas recientes.

La contrapartida es que otras identidades urbanas retroceden. Solo el 20% la ve como una ciudad cultural, cuando hace dos años era el 25%. Más significativa aún es la caída de la percepción innovadora: del 12% al 7%. Y la idea de Barcelona como ciudad emprendedora se reduce a un 6%.

Si se considera que la ciudad acoge eventos como el Mobile World Congress y varios salones tecnológicos internacionales, estas cifras son sorprendentes. Todo indica que la narrativa turística está ganando terreno en el resto de relatos.

Sostenibilidad declarada, escasa credibilidad

Durante años, los gobiernos municipales –primero con Ada Colau y ahora con Collboni– han insistido en la idea de una ciudad sostenible. Sin embargo, cuando la encuesta pregunta por los atributos reales de Barcelona, ​​el resultado es devastador: solo un 2% de los encuestados lo asocia con la sostenibilidad.

Es un ejemplo clásico de distancia entre discurso político y percepción social.

Una ciudad cara y cada vez más difícil de vivir en ella

Si se pregunta por los principales problemas de Barcelona, ​​la coincidencia entre extranjeros y residentes es notable. Los factores más citados son:

  • los impuestos
  • el coste de la vida
  • la burocracia administrativa
  • la dificultad para acceder a la vivienda

Este último punto es especialmente crítico. La percepción de Barcelona como ciudad asequible es hoy casi residual: solo un 1,6% de los encuestados la considera así.

El deterioro silencioso de algunos espacios

Mientras, la ciudad sigue conviviendo con un fenómeno que se repite en muchas metrópolis europeas: la coexistencia de espacios cosmopolitas con zonas de marginalidad creciente.

El centro de Barcelona era ya problemático, pero el fenómeno se ha extendido a otras áreas. Un ejemplo claro es Montjuïc, donde cada vez es más visible la presencia de personas sin hogar que viven de forma permanente.

La mayoría son personas vulnerables que necesitan ayuda social. Pero también existen casos de comportamientos problemáticos que generan inseguridad. El resultado es que, a poca distancia del vibrante Paral·lel, hay jardines donde muchas mujeres del vecino Poble-sec ya evitan pasear solas.

El problema es conocido y persistente: desalojar estos asentamientos solo traslada el problema a otro sitio.

La ciudad convertida en un gran conjunto de obras

Otra característica del mandato Collboni es la proliferación simultánea de obras. La táctica es conocida en la política municipal: inaugurar proyectos poco antes de las elecciones. Pero en ese caso el calendario se ha desbordado.

A las obras municipales se han añadido otros proyectos, como la prolongación de la Línea 8 del metro. El resultado es un pandemonio circulatorio y un impacto económico considerable sobre el comercio.

En calles tan comercialmente céntricas como Muntaner, algunos establecimientos afectados por las obras registran caídas de facturación del 50% al 60%. Muchos acaban cerrando.

La consecuencia es una erosión progresiva del comercio de proximidad, que ya tenía una supervivencia complicada entre el aumento de los alquileres y la competencia digital.

Responsabilidad pública y daños económicos

Este fenómeno tiene también una dimensión jurídica. Según el artículo 1106 del Código Civil, cuando una acción pública provoca daños y perjuicios económicos a una actividad, la administración puede estar obligada a compensarlos.

Sin embargo, el Ayuntamiento no ha impulsado ningún mecanismo general de indemnización. Esto crea una paradoja: la administración que debería proteger el tejido económico local acaba perjudicándolo.

Esta dinámica produce una inversión curiosa de los fines públicos. La administración deja de ser un instrumento al servicio de la ciudad y pasa a convertir la ciudad en instrumento de la política.

La perspectiva es clara: llegar al período preelectoral con muchas obras para inaugurar y confiar en que este paisaje de cintas cortadas permita revalidar una mayoría relativa, probablemente con el apoyo de los Comuns y, en su caso, la tolerancia del PP.

Si esto acabara ocurriendo, la deriva de Barcelona no sería solo responsabilidad del PSC. También lo sería de una combinación bastante conocida: unas élites locales de vuelo gallináceo, una memoria ciudadana corta y una oposición incapaz de presentar una alternativa clara.

Tres características que, observadas con cierta distancia, suelen aparecer en sociedades que comienzan a entrar en una fase de declive urbano.

El 62,5% de los extranjeros ya ven a Barcelona solo como una ciudad turística. Hace dos años era el 34%. Algo está cambiando. #Barcelona #Turismo Compartir en X

Entrades relacionades

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.