La interpretación musical central de la última Super Bowl, que ha tenido mayor relevancia mediática que la propia final de fútbol americano, pone en evidencia hasta qué punto la lectura política y moral se articula a través de la música.
No se trata solo de un espectáculo de entretenimiento: es un espejo de la arquitectura emocional y moral de una época. La crítica de Donald Trump no se dirigía exactamente contra el carácter hispanoamericano de la representación —se quejó de que no se entendía lo que se cantaba, lo que también ocurre en la mayoría no anglófona con buena parte de la producción vocal actual—, sino contra aspectos centrados en el sexo descarnado de una parte del baile.
No hay mejor indicador de esa lectura que examinar la evolución del tango, el bolero y el Reggaeton como crónica de la degradación del erotismo y de la moralidad social.
La tesis que aquí se propone es clara: la música popular latinoamericana ha sufrido una simplificación estructural –armónica y melódica– que corre paralela a una banalización del sentimiento y a una pérdida del sentido de lo sagrado en las relaciones humanas. El paso de la “herida” del tango a la “pulsión” del reggaetón no es solo un cambio estilístico; es el síntoma del paso de una sociedad de la interioridad a una sociedad del exhibicionismo.
El Tango (1880-1940): la metafísica del dolor
El tango nace a finales del siglo XIX, pero alcanza su plenitud moral y artística entre los años veinte y cuarenta, la llamada edad de oro. Es una música existencialista antes de que el término se popularizara en la filosofía europea. Trata la traición, el paso del tiempo, el destino y la culpa. Existe una moralidad definida: el sufrimiento es el precio de la profundidad vital. Cambalache, de Santos Discépolo (1934), advertía ya de la pérdida de valores con una lucidez que todavía resuena.
Desde el punto de vista musical, la armonía y la melodía son de una complejidad notable. El tango utiliza el cromatismo y la disonancia para expresar la angustia. A menudo se mueve en modas menores, reflejando una dolorosa pero digna introspección. El erotismo es sublimado: el contacto físico es estrecho pero hierático, casi ritual. El deseo se gestiona a través de la distancia emocional y del respeto por el misterio del otro. El cuerpo no es exhibición, sino tensión contenida.
El Bolero (1930-1960): la liturgia del romanticismo
El bolero, especialmente en sus variantes mexicana y cubana, convive con el tango, pero desplaza el foco de la tragedia existencial hacia el romance amoroso. Es la glorificación del sentimiento. Las letras de autores como Agustín Lara o Armando Manzanero buscan su belleza en la devoción hacia el otro. La moralidad aquí es la entrega, no la posesión.
Musicalmente, introduce el uso de la séptima y la novena, bajo influencia del jazz, creando una atmósfera aterciopelada y sofisticada. La melodía es expansiva y lírica, pensada para la elegante seducción. El cuerpo sigue siendo un templo. Las metáforas -Encadenados, Sabor a mí- permiten hablar del deseo sin reducirlo a fisiología. Hay una ética de la cortesía y del noviazgo que reconoce al otro como sujeto digno de ser conquistado amorosamente, no simplemente poseído físicamente.
El Reggaeton (2000-actualidad): el allanamiento del espíritu
La aparición y consolidación del reggaeton —con raíces en el dancehall y el reggae en español de los años noventa, pero popularizado globalmente con Gasolina de Daddy Yankee en 2004— marca una profunda ruptura.
El texto abandona la metáfora para abrazar la literalidad. El tema central ya no es el amor ni siquiera el deseo como tensión, sino la posesión física inmediata. Se produce una cosificación sistemática: el otro deja de ser sujeto de diálogo para convertirse en objeto de uso.
Desde el punto de vista estructural, el reggaeton se basa en el dem bow, un patrón rítmico fijo que reduce drásticamente la necesidad de variación. La armonía a menudo es mínima -dos acuerdos repetitivos o un solo bucle- y la melodía se diluye en la cadencia del lenguaje hablado procesado con autotune, eliminando la fragilidad humana del vibrato y del error.
Es una moral de inmediatez y consumo. En la sociedad contemporánea, el reggaeton es el producto perfecto: no requiere esfuerzo intelectual ni compromiso emocional. La degradación moral radica en la eliminación del «yo» interior en favor de un «yo» pornográfico y exhibicionista.
De la verticalidad a la horizontalidad
Esta evolución musical refleja una pérdida de verticalidad -el vínculo con valores trascendentes, el honor, el dolor como maestro- hacia una horizontalidad absoluta dominada por el placer inmediato, la repetición mecánica y la ausencia de misterio. Se concreta en tres características básicas:
- Simplificación cognitiva.
La repetición obsesiva del reggaetón actúa como un anestésico social que reduce la capacidad de gestionar la complejidad emocional que exigían el tango o el bolero. - Deserotización.
Paradójicamente, siendo más explícitamente sexual, el reggaetón es menos erótico. El erotismo necesita velo y sugerencia; la literalidad permanente anula el misterio. - Adiós a la memoria.
El tango y el bolero se recuerdan, se recitan, se cantan generación tras generación; pueden sobrevivir como poesía. El reggaeton, en cambio, es a menudo consumo desechable. Esta volatilidad refleja una sociedad que ha perdido el respeto por la permanencia y el legado moral, sometida a la inmediatez del mercado.
La música no es solo sonido: es antropología condensada. Cuando cambia su arquitectura, también cambia la forma en que una sociedad entiende el cuerpo, el deseo, el dolor y el sentido de la vida. El Reggaeton es la fiesta de la sociedad desvinculada.
La música no es solo sonido: es antropología condensada. Cuando cambia su arquitectura, también cambia la forma en que una sociedad entiende el cuerpo, el deseo, el dolor y el sentido de la vida Compartir en X


