Derrota sin perder: el relato del PSOE para tapar el derrumbe en Aragón

Los resultados electorales, como casi todo en política, dependen del color del espejo con el que se miran. Hay espejos que no reflejan: fabrican. Aragón ha sido un ejemplo de manual. Las mismas cifras que, miradas en frío, describen un cambio de ciclo y una advertencia clara al gobierno español, han sido envueltas por un relato de consigna: «el PP retrocede», «Vox amenaza», «la derecha se radicaliza» . Y así, a base de titulares, se intenta convertir una realidad incómoda en una lección moral conveniente.

El caso más vistoso es el titular de La Vanguardia : «El PP retrocede en Aragón y necesitará un Vox muy reforzado para gobernar». La frase parece descriptiva, pero es un mecanismo de framing: pone el foco en lo que interesa (Vox), y difumina el núcleo del resultado (el PP gobierna). Para terminar de redondearlo, Iván Redondo —antiguo “gurú” de la comunicación de Pedro Sánchez y hombre incrustado en el aparato de dirección del diario— remata en las páginas interiores: “Aragón sí fue nuestro Ohio”. Ohio: el termómetro. El presagio. El preludio de la España que vendrá. El mensaje está claro: no hablamos de una derrota del PSOE; hablamos de una alerta democrática.

Pero si dejamos el espejo y miramos las urnas, el retrato es otro.

Primer hecho incontestable: el PP se consolida como partido de gobierno. El presidente es suyo, y el gobierno será mayoritariamente suyo si cierra pactos. Su «problema» es pactar. Pero este “problema” es el primer quebradero de cabeza que querrían tener todos los partidos: gobernar depende de ellos. ¿El PP puede necesitar Vox? Sí. Pero esto no es una derrota: es la forma parlamentaria de una victoria insuficiente para gobernar en solitario, que es otra cosa.

Segundo hecho: El PSOE se derrumba de la mano de una figura especialmente vinculada a Sánchez: Pilar Alegría, exministra de Educación y portavoz del gobierno. Y ahí no hay coartadas fáciles. No hay que decir que la candidata era mala o que la campaña fue errática. El terremoto es demasiado grande para atribuirlo al temperamento de un cabeza de lista. El derrumbe tiene más que ver con lo que Alegría representa: la cara visible de un ejecutivo que ha convertido la comunicación en un sustituto de la política .

De hecho, un detalle es revelador: Educación , su antiguo ministerio, no ha sido un eje relevante de campaña. Cuando el debate central no es lo que dominas, y sin embargo te hundes, significa que la causa es más profunda. El voto no juzgaba el currículo de Alegría; juzgaba una marca de gobierno.

Tercer hecho, quizá lo más importante: la cantidad de votos que pierde el PSOE no se traslada a su izquierda. No existe un “trasvase progresista” hacia Sumar o Podemos, como si la base socialista se hubiera radicalizado por la izquierda. Al contrario: el voto socialista, cuando se despega, se desvanece. Se va a la abstención y, en menor medida, al PP, e incluso a Vox en algunos barrios de Zaragoza. La fotografía es severa: el PSOE no pierde por un competidor ideológico; pierde porque una parte de los suyos ya no cree o ya no va.

Y aquí aparece una pieza clave del rompecabezas: la Chunta Aragonesista (CHA) también dobla representación, y lo hace en un espacio competitivo donde una pequeña variación de voto puede maximizarse en escaños. Lo mismo ocurre con Vox: dobla escaños, pero su porcentaje (en torno al 18%) no explica, por sí solo, el relato de “amenaza irresistible”. Lo que explica la sobrerrepresentación es la aritmética de un mapa disputado.

Mientras, IU–Sumar mantiene el escaño —en gran parte por la implantación local de Izquierda Unida— y Aragón Existe aguanta con dos diputados. Pero dos símbolos se borran del mapa: Podemos desaparece, y también el PAR, que había sido decisivo en otras etapas. Es el final de una forma de ordenar el tablero: los viejos comodines regionales pierden peso; el voto se polariza o se reorganiza.

El resultado global es el que realmente no encaja con la consigna: el bloque de derechas alcanza el 52% de los votos, una cifra insólita, y suma 40 escaños, seis por encima de la mayoría absoluta. Un escenario que refuerza al patrón de Extremadura. No es una anécdota: es tendencia.

Y entonces llega la pregunta que quema: si todo esto ya se veía venir, si las encuestas apuntaban hacia aquí (incluso un poco más), ¿ por qué el gobierno adopta medidas que arruinan a los propios y benefician al rival?

La respuesta tiene nombre y tiene guion: la estrategia del Armagedón. La batalla final. El relato escatológico donde el Bien se enfrenta al Mal, y donde la política cotidiana —presupuestos, gestión, errores, contradicciones— queda subordinada a una escena definitiva: «o nosotros, o la dictadura».

En ese marco, el ascenso de Vox no es un accidente: es una pieza funcional . Porque si Vox crece y el PP necesita a Vox para gobernar, Sánchez puede presentarse como el último baluarte contra el “fascismo”. Un mecanismo emocional que pretende sustituir el balance de gobierno por el miedo.

Y aquí entra una decisión especialmente polémica: la regularización de un número desconocido de inmigrantes por decreto ley, cuya horquilla oscila entre 450.000 y 800.000. El margen de diferencia ya es, en sí mismo, un síntoma: nadie sabe exactamente lo que se está haciendo, ni con qué dimensión real. Y, políticamente, cuesta imaginar un mejor regalo para Vox : una medida perfectamente diseñada para que el rival la convierta en gasolina, después de tenerla dos años guardada en el cajón de la presidenta del Congreso en forma de ILP.

El gobierno quiere ganar el relato, aunque pierda el terreno. Quiere polarizar hasta el extremo, porque en el extremo el centro deja de contar y el miedo hace de cemento. Pero esta apuesta tiene un coste: erosiona la credibilidad, desmoviliza a los propios y acelera lo que dice combatir.

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