Hay una verdad incómoda que el debate público suele esquivar: a lo largo de la vida, solo contribuimos fiscalmente de forma limpia durante una franja relativamente corta de nuestro ciclo vital. El resto del tiempo -al inicio y al final- somos perceptores netos de recursos públicos. El gráfico que analizamos lo muestra con una claridad difícil de refutar.
La representación refleja la contribución fiscal neta media por edad en España en 2023, entendida como la diferencia entre los impuestos pagados y las transferencias públicas recibidas. Es una media estadística, pero extremadamente reveladora: no habla de individuos concretos, sino del funcionamiento estructural del sistema.

El primer elemento esencial es entender el código del gráfico. Cuando la línea negra se sitúa por encima de cero, el individuo aporta más de lo que recibe; cuando baja por debajo, recibe más de lo que aporta. Las barras apiladas explican el porqué: impuestos sobre el trabajo, el consumo y el capital, por un lado; educación, sanidad, prestaciones y otros servicios públicos, por otra.
La conclusión general es contundente: empezamos a aportar más de lo que recibimos hacia los 24-27 años y dejamos de hacerlo poco antes de la jubilación. En cifras redondas, unos cuarenta años de contribución limpia para sostener todo el sistema.
Pero este resumen esconde realidades muy distintas según la etapa vital.
Infancia y juventud: la inversión silenciosa
Entre el nacimiento y los 24 años, la contribución fiscal neta es claramente negativa, con valores que oscilan entre –5.000 y –10.000 euros anuales por persona. El motivo es evidente: educación y sanidad concentran la mayor parte del gasto público en esta etapa, junto a otras transferencias indirectas.
Ahora bien, existe un factor a menudo ignorado que alivia significativamente esta carga: la escuela privada y concertada, y la sanidad privada y mutualista. Las familias que optan por estos sistemas financian, con recursos propios, servicios que de otra forma deberían ser cubiertos íntegramente por el sector público. Contribuyen vía impuestos, pero reciben menos de lo que les correspondería por su situación sociodemográfica.
Esta etapa no es gasto improductivo: es inversión intergeneracional. La sociedad avanza recursos esperando un futuro retorno en forma de trabajo, cotizaciones y estabilidad social. Aquí, tres factores son determinantes: la educación, los hábitos saludables y, sobre todo, la familia, que actúa como núcleo vertebrador de todos los demás.
Por eso, recortar en educación, sanidad juvenil o políticas familiares no es austeridad, sino miopía fiscal. España -y Cataluña con un entusiasmo casi suicida- persevera en esa dirección, erosionando la base futura del sistema.
Edad activa: el corazón fiscal del Estado
A partir de los 25 años, la línea del gráfico cruza el cero. Empieza la etapa en la que el individuo se convierte en contribuyente neto. El pico se alcanza entre los 45 y los 55 años, con aportaciones netas cercanas a los 10.000–12.000 euros anuales por persona.
Este superávit se explica principalmente por los impuestos sobre el trabajo, complementados por los impuestos al consumo y, en menor medida, por el capital. Mientras, el gasto en educación desaparece, la sanidad es todavía moderada y las prestaciones son relativamente bajas.
El significado estructural es clave: un grupo de edad relativamente estrecho financia simultáneamente la infancia, la juventud, el sistema sanitario general y las pensiones presentes y futuras. Aquí se manifiesta la fragilidad demográfica del modelo: todo depende de que este tramo sea lo suficientemente amplio, productivo y bien remunerado.
Vejez: el gran desequilibrio
A partir de los 63-65 años, la contribución neta cae de forma abrupta. En las edades avanzadas, el saldo negativo alcanza los –15.000 o –20.000 euros anuales por persona.
Las causas son conocidas: las pensiones constituyen el grosor del déficit, seguidas de un fuerte incremento del gasto sanitario y de otros servicios de cuidado. Los impuestos sobre el trabajo desaparecen; los de consumo persisten, pero son insuficientes; los de capital se concentran en minorías.
La vejez es, con diferencia, la etapa más costosa del ciclo vital, y el sistema no se autofinancia: depende completamente de la población activa.
Una lección inapelable
El gráfico transmite tres mensajes esenciales. Primero: el estado del bienestar es intergeneracional, no individual; nadie paga exactamente lo que recibe. Segundo: el problema no es el nivel de gasto social, sino el envejecimiento, la baja natalidad y la precarización salarial. Y tercero: cada reforma que retrasa la entrada en el mercado laboral, reduce salarios reales o penaliza a la familia, aprieta la base fiscal que sostiene todo el sistema.
En la próxima entrega abordaremos una cuestión clave a menudo simplificada: por qué la inmigración, en las condiciones actuales, no resuelve este desequilibrio y puede llegar a agravarlo.
Lo veremos en el artículo siguiente: El ciclo vital de lo que pagamos y de lo que recibimos del Estado: por qué la inmigración no resuelve el desequilibrio (y II).
Solo contribuimos fiscalmente de forma limpia durante unos cuarenta años. Todo el sistema depende de esto. #CicloVital Compartir en X





