Un millón de coreanos han quedado atrapados persiguiendo el sueño de hacerse ricos deprisa. Lo inquietante no es que haya pasado, sino que sabíamos perfectamente que pasaría.
Hay una frase que corrió por los foros coreanos esta primavera, cuando la bolsa de Seúl aún subía como una flecha: «Compra Samsung y Hynix y tienes el dinero asegurado».
Impulsado por la euforia mundial de la inteligencia artificial y de los chips, el índice KOSPI —la principal bolsa de Corea del Sur— casi se duplicó en poco más de medio año. Ante una subida así, muchos coreanos quisieron aprovecharla al máximo. Y aquí aparece la pieza clave de la tragedia: se endeudaron para comprar acciones.
La operación tiene un nombre técnico —apalancamiento—, pero la idea es sencilla. Imagina que tienes 1.000 euros y el banco te deja otros 1.000 para comprar acciones por valor de 2.000. Si suben un 20%, ganas el doble. Si bajan un 20%, no pierdes 200 euros: pierdes 400. Además, como la mitad del dinero es del banco, este quiere recuperarlo. Cuando el valor de las acciones cae significativamente, la entidad realiza una llamada —en inglés, margin call— exigiendo más garantías; si el cliente no las puede aportar, las acciones se venden al precio que haya en ese momento.
La fiebre especulativa era tan intensa que los productos diseñados para doblar los movimientos diarios de una acción se agotaban el mismo día en que salían al mercado.
La deuda acumulada por los coreanos para invertir en bolsa marcó un récord absoluto: unos 35.000 millones de euros (60 billones de wons), el equivalente al 2% del PIB del país.
La bola de nieve
El proceso se alimenta a sí mismo. Cuando la bolsa empezó a descender, miles de personas recibieron simultáneamente la llamada del banco. Las ventas forzosas hicieron caer aún más los precios, lo que provocó nuevas llamadas y nuevas liquidaciones. En un solo día de julio, el índice se desplomó casi un 9% y hubo que activar el mecanismo de paro de emergencia.
Las cifras del supervisor financiero coreano impresionan: más de 1,2 millones de cuentas endeudadas han recibido la llamada -uno de cada treinta adultos en edad de trabajar en Corea- y unos 360.000 han sido liquidados completamente. La proporción de inversores apalancados obligados a vender, que en los seis meses anteriores había sido, en promedio, del 2,1%, ha superado ahora el 10%.
La misma película
Lo que hace esta historia a la vez trágica y, francamente, aburrida es que no tiene nada nuevo. Cambian los actores, la moneda y la década, pero la historia es siempre la misma. El crack de Nueva York, la burbuja japonesa, la fiebre bursátil taiwanesa o la euforia de millones de inversores novatos en China comparten exactamente el mismo esquema.
Siempre existe un relato que justifica el entusiasmo —los ferrocarriles, la radio, internet o, ahora, la inteligencia artificial—; siempre existe la certeza de que esta vez es diferente; y siempre hay al final gente que lo ha apostado todo con dinero que no tenía.
Y siempre existe la misma consecuencia: cuando la burbuja estalla, quienes han entrado con deuda no tienen la opción de esperar. Esta es la diferencia decisiva. El inversor que ha puesto dinero propio puede aguantar, esperar y, si el tiempo le acompaña, recuperarse. Quien ha invertido con dinero prestado no decide nada: el banco vende por él en el peor momento posible y convierte una pérdida sobre el papel en una pérdida definitiva. La palanca no solo multiplica las pérdidas: también roba el tiempo, que es el único aliado real de cualquier inversor.
¿Por qué volvemos a caer?
La respuesta es que el problema no es de conocimiento, sino de naturaleza humana. Las lecciones de todas las burbujas anteriores están escritas, documentadas y al alcance de cualquiera con un solo clic. Los coreanos arruinados este verano las tenían todas disponibles. No les sirvió de nada.
Porque las burbujas no se alimentan de datos, sino de emociones. De la envidia de ver al vecino enriquecerse sin esfuerzo. Del miedo a quedarse fuera. Y, sobre todo, de la incapacidad de decir «ya tengo suficiente». Porque lo que arruina a la gente no es equivocarse en el momento de entrar, sino no saber salir cuando ya había ganado lo suficiente. Siempre queremos más.
Hay que añadir que los responsables no son solo los inversores que se han enganchado los dedos. El Gobierno empujó activamente el ahorro hacia la bolsa y el regulador autorizó productos de doble apalancamiento que empezaron a cotizar solo siete semanas antes del descalabro.
Ahora, con el incendio ya declarado, ha suspendido las nuevas emisiones de instrumentos financieros apalancados y ha elevado hasta los 30 millones de wons —unos 17.000 euros— el depósito exigido para operar, que, además, debe ser en efectivo. Medidas razonables que llegan tarde, como casi siempre.
La lección, también para nosotros
Sería cómodo mirar lo ocurrido en Corea como algo lejano, casi exótico.
Pero los mismos productos que han arruinado a tantos coreanos también están hoy al alcance de cualquiera de nosotros con solo tres toques en el móvil. El miedo a quedarse fuera no entiende de fronteras ni de idiomas.
Los coreanos arruinados este verano no eran más ambiciosos ni más ingenuos que nosotros. Eran personas normales atrapadas en un momento de euforia colectiva, haciendo lo que hacía todo el mundo a su alrededor. Y si la historia de los mercados nos enseña algo, es que la única burbuja que nunca pincha es la de nuestra convicción de que a nosotros no nos va a pasar.
Un millón de coreanos han descubierto que endeudarse para invertir puede convertir una corrección bursátil en una ruina personal. La historia no es nueva. Pero siempre volvemos a caer. Compartir en X


