Hay quien cree que el titular solo sirve para atraer al lector. Es una idea ingenua. El titular es mucho más importante que eso. Es el marco mental —el frame, como dicen los especialistas en comunicación— que orienta la lectura antes de que esta comience. Cuando leemos un titular, el cerebro ha empezado ya a interpretar la realidad. Después, el texto solo confirma, matiza o, en ocasiones, incluso desmiente esa primera impresión. Pero el primer impacto ya ha realizado su trabajo.
Es una de las formas más sutiles y eficaces de construir opinión pública. No hace falta inventar nada. Basta con acentuar unos elementos y esconder otros. El lector creerá que ha llegado él mismo a una conclusión cuando, en realidad, el camino ya le había sido señalado.
Josep Pla, que conocía bien los periódicos, probablemente diría que los titulares son la literatura más influyente de nuestro tiempo. Porque casi todo el mundo los lee y muchos ya no pasan de ahí.
La edición de La Vanguardia del viernes 10 de julio constituye un ejercicio casi didáctico de ese procedimiento.
Primer ejemplo.
La UCO imputaba a un hombre de máxima confianza de Pedro Sánchez, expresidente de Correos, responsable de haber nombrado a Leire Díez en un alto cargo de la empresa pública. Este dirigente había sido jefe de gabinete de Sánchez en la Secretaría General del PSOE y mantenía una estrecha relación política y personal con el presidente.
¿Cuál era el titular?
“La UCO acusa a un exjefe de gabinete del PSOE de colocar a Leire Díez en Correos.”
Es un prodigio pequeño de cirugía informativa.
No es “el exjefe de gabinete de Sánchez”, sino “un exjefe de gabinete”. El artículo indeterminado diluye ya la responsabilidad. Tampoco es el jefe de gabinete del presidente del Gobierno, sino “del PSOE”, como si el partido dispusiera de una extensa colección de jefes de gabinete sin vinculación concreta con su líder.
La información es formalmente correcta. Pero la realidad política queda deliberadamente desdibujada. El lector sale con la impresión de que todo esto tiene que ver con una estructura difusa del partido y no con el núcleo más cercano del presidente.
Segundo ejemplo.
Ese mismo día, en Internacional, podía leerse este titular:
“Trump cambia reproches por elogios después de que Sánchez le explique su gasto militar.”
Magnífico.
Leyendo solo al titular, parece que Pedro Sánchez hubiera convencido a Donald Trump gracias a la fuerza de sus argumentos. El lector casi puede imaginar al presidente estadounidense rendido ante el brillo dialéctico de su interlocutor.
Vaya líder.
Pero después aparece la realidad.
Trump no había cambiado de opinión porque Sánchez explicara mejor las cosas. Lo había elogiado por un motivo muy concreto: España se había comprometido a adquirir importante material militar estadounidense. Había hecho exactamente lo que el presidente de Estados Unidos exigía a sus aliados: comprar más armamento a Estados Unidos.
No era una victoria retórica. Era una operación comercial.
Pero el titular sustituía a una relación económica por una victoria política. No es exactamente lo mismo.
Y llegamos al tercer caso.
Tras las declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello, citando a san Agustín —frase recuperada posteriormente por Benedicto XVI en su discurso en el Bundestag—, según la cual un Estado que olvida la ética acaba convirtiéndose en “una banda de ladrones”, el ministro Félix Bolaños reaccionó con una contundencia poco habitual.
Cabe decir que Argüello no hablaba explícitamente del gobierno español. Citaba a un clásico. Pero es comprensible que determinadas sensibilidades aumenten cuando se acumulan los casos abiertos de corrupción.
En este contexto, La Vanguardia aplicó ese viejo aforismo castellano:
“Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor.”
Y tituló:
«La Iglesia catalana se desmarca de las palabras de Arguello: ‘Hablan por sí solas’.»
Al leerlo, cualquier persona concluye que los obispos catalanes han corregido solemnemente al presidente de la Conferencia Episcopal.
Pero al leer la noticia aparece una realidad mucho menos espectacular.
No hablaba «la Iglesia catalana» —que, por cierto, institucionalmente no existe; existe la Iglesia católica en Catalunya—, sino el arzobispo de Tarragona, que había hecho unas declaraciones propias.
Nada más.
El titular correcto habría sido sencillamente: «El arzobispo de Tarragona afirma…»
Pero esto tenía un evidente inconveniente.
Desaparecía la impresión de que toda la Iglesia del país se alineaba con la respuesta del Gobierno.
Y esa impresión era, precisamente, la noticia que construía el titular.
Ninguno de los tres casos es una falsedad. Esta es su fuerza. El mecanismo no consiste en mentir, sino en ordenar la realidad para que el lector llegue espontáneamente a la conclusión deseada.
Es una forma mucho más sofisticada de influir deformando la realidad.
Por eso, ante un diario, el lector prudente no debería preguntarse solo qué dice la noticia.
La primera pregunta es otra: ¿por qué ese titular y no otro?
No hace falta mentir para influir. Basta con elegir bien qué aparece en el titular... y qué desaparece. Compartir en X





